LN OPINIÓN

Costa Rica, Viernes 26 de febrero de 2010

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Página Quince

Francisco Antonio Pacheco

La letra cursiva y las habilidades del cerebro

 El aprendizaje de la letra cursiva desarrolla las competencias cerebrales

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TAMAÑO
exministro de Educación Pública

Las políticas del Ministerio de Educación en lo relativo a la letra cursiva no han cambiado durante décadas. La posición real, más allá de las declaraciones, ha consistido en resistirse a todo intento de consolidarla. No es por azar. ¿Para qué complicarse la vida –se piensa–, para qué complicársela a los alumnos?

La simplificación y la reducción de lo complejo a lo elemental anima los planteamientos y la práctica de muchos educadores. Quien pretenda inducir el sistema a introducir procesos y conocimientos complejos, como lo pide a gritos la vida moderna, va contra corriente. Se condena así, a la servidumbre, a quienes carecen de oportunidades de educarse bien, y a los países sin buena educación, a servir a los verdaderamente desarrollados.

Cuando ocupé la cartera del ramo (a la que no pienso volver) lo experimenté en varias oportunidades y particularmente en relación con el asunto que nos ocupa.

En aquella época, no pude lograr que se rehabilitara el uso de la letra cursiva. El sistema no se movió ni un milímetro, en ese sentido. Me salieron con el mismo cuento de que en la fase inicial no era conveniente introducirla y que luego, en segundo o tercer grado, se generalizaría su uso. Falso. La inmensa mayoría de los alumnos nunca abandonan la letra de imprenta. Pero, además, miles y miles de niños, en el pasado, aprendimos a escribir en cursiva exitosamente y a leer en imprenta, en aquella épocas en que nuestras maestras lograban enseñar a leer y a escribir, a casi el ciento por ciento de los niños, antes de las vacaciones de medio año. No pretendo que volvamos al pasado, sino que nos apropiemos del futuro, como se debe.

Se dirá que busco la dificultad por la dificultad. No es cierto. Defendí la letra cursiva por varias razones. Desde tiempo atrás había aprendido la relación entre habilidades cerebrales y la actividad realizada con los dedos. Los educadores lo saben y el famoso apresto (por cierto, yo creía que se realizaba en el kínder y no en los primeros meses del primer grado) va en ese sentido.

Por otra parte, para entonces, muchos padres hablaban de incomunicación con sus hijos, pues eran incapaces de entender mensajes en letra cursiva.

Finalmente, ya en la universidad, los alumnos escribían en un híbrido entre letra de imprenta y cursiva, difícilmente inteligible. Era evidente que así tenía que ocurrir, pues la cursiva existe por una razón: escribir más rápido gracias al hecho de que no se levanta el lápiz. Como la necesidad no había desaparecido, los alumnos resolvían el problema, a su manera.

Estímulo. Pero, ahora viene lo sustancial del tema. Y les pido que se sienten antes de leer lo que sigue. En un extraordinario libro, The Brain that Changes Itself (El cerebro que se cambia a sí mismo), el autor, Norman Doidge, psiquiatra e investigador en la Universidad de Columbia, hace referencia a la letra cursiva como agente capaz de desarrollar las competencias cerebrales. “La ironía de este nuevo descubrimiento –nos dice– es que por centenares de años, los educadores parecían saber que los cerebros infantiles deben ser moldeados gracias a ejercicios de dificultad creciente que fortalecen las funciones cerebrales. A partir del siglo XIX y comienzos del XX la educación clásica incluía, a menudo, memorizaciones repetitivas de largos poemas en lenguas extranjeras que fortalecían la memoria auditiva (por lo tanto el pensamiento por medio del lenguaje) y ponía una atención casi fanática en la letra, que probablemente ayudaba a fortalecer las capacidades motoras y así, no solo ayudaba en la escritura, sino que añadía rapidez y hacía más fluida la lectura y la expresión oral...

En los años 60 los educadores eliminaron del currículum esos ejercicios tradicionales, por rígidos, aburridos e “irrelevantes”. Pero, la pérdida de esas ejercitaciones ha sido costosa –asegura–. Bien pueden haber sido la única oportunidad para muchos estudiantes de ejercitar la función del cerebro que nos da fluidez y gracia en el manejo de los símbolos”.

“Cuando escribimos un pensamiento, nuestro cerebro convierte las palabras –que son símbolos– en movimientos de los dedos y las manos”.

Escribir con muchos pequeños movimientos separados, en lugar de hacerlo con uno solo largo y fluido resulta inconveniente para la formación del niño.

Las personas con ciertos problemas para expresar ideas por escrito, aun de adultas, pueden ser identificadas porque prefieren escribir en imprenta o a máquina.

“Cuando escribimos en imprenta, hacemos cada letra de forma separada, con apenas unos pocos movimientos, lo que resulta menos demandante para el cerebro. En cursiva escribimos varias letras al mismo tiempo y el cerebro se ve obligado a procesar movimientos complejos...”.

Este proceso ayuda a elevar el nivel de comprensión y de expresión de las personas y debe ser realizado en forma temprana. Los ejercicios cerebrales para estimular las neuronas en el área premotora del cerebro incluyen trazar líneas complejas. Así se estimula las neuronas en esa área. Se ha determinado “que los ejercicios de trazado mejoran a los niños en las tres áreas: el habla, la escritura y la lectura...”.

Como remate a sus observaciones críticas, el Dr. Doidge añade que hoy muchas escuelas optan por la omnipresente presentación en Power Point, “última compensación para un córtex premotor débil”. ¿Habrá que añadir algo más?

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