La Nación Digital. Columna Raíces

Edición 12

Una breve historia familiar

Mauricio Meléndez Obando

En este apartado es nuestra intención tratar de recrear algunas de las facetas de la historia familiar de los Alvarado, mediante la documentación consultada, pero apenas es para formarse una idea del desarrollo en sus primeros años.

Se han incluido en el relato muchos de los términos que hemos recogido en la sección Léxico.

Corría el año de 1629 y don Gil de Alvarado había sido nombrado corregidor de Pacaca, un pequeño pueblo indígena de la provincia de Costa Rica, la más septentrional de la Capitanía General de Guatemala.

El viaje que debía realizar a lomo de caballo duraría casi un mes, pero estaba contento pues tendría la ocasión de visitar algunos amigos y parientes suyos en San Salvador, León y Granada, antes de llegar a Cartago, donde asumiría sus nuevas funciones.

En Cartago, el arribo de gente de la capital siempre generaba expectativa y en el caso de don Gil era mayor, pues era un joven casadero, descendiente de una de las familias más importantes de México y Guatemala, de encomenderos y funcionarios reales a lo largo de la Capitanía General de Guatemala.

Algunos padres de familias principales empezaron a prepararse para el arribo de tan notable personaje, a quien sin conocer querían tener ya entre sus miembros.

Gil se alegraba pues no estaría solo; en Cartago se encontraría con los hermanos Pedro e Ignacio de Artavia y Lizaum, con Diego Charles de Herrera (24) y con el anciano cura Félix Arguedas y Mármol, todos nativos de Guatemala y asentados en la capital costarricense.

No traía muchos bienes materiales más que alguna ropa y algo de dinero para pasar los primeros meses y comprarse algún ganado caballar, en tanto empezaba a recibir su salario y comenzaba a acumular alguna fortuna con miras de contraer matrimonio con una doncella de buena familia.

Tras casi siete años de laborar y dar una buena imagen en la conservadora sociedad costarricense, Gil empezó a cortejar a Juana de Vera, dama criolla integrante de una de las familias principales de la provincia, hija y nieta de encomenderos, conquistadores y funcionarios de la más alta jerarquía de Cartago, León, Granada y Guatemala.

Gil había escrito a su madre, doña Juana de Benavides, acerca de sus intenciones y ella, habiendo hecho las averiguaciones del caso, se mostró complacida con la escogencia de su hijo.

Luego de las formalidades del caso, don Gil y doña Juana contrajeron matrimonio en la iglesia parroquial de Cartago y luego tuvieron un agasajo en casa de los padres de la novia, donde fueron acompañados por parientes y amigos.

Don García y doña Juana, padres de la novia, estaban muy contentos con el matrimonio, pues la unión de las dos familias le asegura un futuro promisorio a su descendencia.

Claro, tal enlace tenía su costo económico y este había ascendido a 3.000 pesos de a ocho reales de plata, monto de la dote que le había ofrecido don García a su nuevo yerno, para llevar "las cargas del matrimonio", según la fórmula de la época.

Acordaron reunirse en la hacienda de don García, donde este haría entrega formal a don Gil de los bienes dotales de doña Juana.

Estando presentes el Sarg. Mr. García Ramiro Corajo y Da. Juana de Vera padres de la joven esposa, el recién casado, el Cap. José Pérez de Muro alcalde ordinario de la ciudad, Luis Machado escribano público, los apreciadores de las partes y, por supuesto, alguno que otro vecino curioso, se procedió detallar y valorar los bienes que se le entregaban al novio, los que, como era costumbre, se sobrevaloraban con la venia de este.

No cualquier padre en la provincia podía desprenderse de tal fortuna; sin embargo, don García lo podía hacer pues su encomienda y sus actividades comerciales se lo habían permitido.

Ricos vestidos, como el que incluía una saya, jubón y demás ropa de chamelote de seda floreado con pasamanos, o aquel otro que iba a ser la envidia de las jóvenes cartagineses que ni podían soñar con ropa tan fina: un vestido morado, con su saya y un jubón de tabí labrado.

La gran cantidad de vestidos, sayas, enaguas, jubones, apretadores, mantos y camisas le aseguraban a doña Juana vestimenta lujosa para varios años.

Pero su madre no solo había pensado en la vestimenta sino que para adorno de su joven hija le entregó algunas de sus alhajas, además de otras que habían adquirido para la ocasión. Collares de granates finos y cuentas de oro, soguillas, sortijas de oro con incrustaciones de esmeraldas, zarcillos con perlas colgantes y alfileres de oro, agnusdéi de oro y plata, brazaletes de relucientes corales o de granates verdes.

Pero dos eran las joyas que más apreciaba doña Juana: un hermoso pelicano de oro con dos perlas pendientes y una esmeralda en el pecho y dos más en las alas, y unos papagayos también de oro con pinjantes de perlas. Estas se convertirían en joyas de familia que pasarían de madres a hijas por varias generaciones.

En cambio, don Gil ya hacía números con el ganado que le entregaba su suegro: 20 yeguas, 4 caballos garañones y 2 burros (uno cubridor ú obrero); con ellos podría ampliar considerablemente su hato cavallar y su recua de mulas, que serían el sustento de sucesivas generaciones. Gil estaba muy consciente que luego le tocaría a él desprenderse de parte de su hacienda, cuando las hijas que tuviese llegaran a contraer matrimonio.

A esto se sumaba la platería (cucharas, tenedores, candeleros, saleros, platos, platillos, palanganas y vasos), tablas de manteles labrados, servilletas y demás vituallas para la mesa.

Además, el mullido colchón relleno de lana, las almohadas, acericos y cojines del mismo material, las blancas sábanas, las hermosas colchas y sobrecamas, bordeadas por el pabellón de Ruán harían de sus noches la envidia de cualquier joven pareja de recién casados.

Asimismo, doña Juana contaría con los cuidados y el trabajo de Catalina, negra criolla de 14 años, más o menos, también parte de la dote quien sería madre, abuela y hasta bisabuela de muchos de los esclavos de esta familia (véase Anexo Nº1).

Don Gil y doña Juana fueron padres de 8 hijos y al momento de la muerte Gil, en 1670, el valor de los bienes alcanzó poco más de 3.500 pesos. La viuda, inmediatamente, reclamó su derecho a recuperar los bienes dotales, los que junto con las arras que le había entregado su marido, habían sumado, precisamente, 3.500 pesos.

Por esta razón, el juez de la causa mortuoria no necesitó hacer la partición pues la dote tenía prioridad ante cualquier heredero o acreedor.

Ambos, conocedores de todas las posibilidades que les ofrecía el ser descendientes de conquistadores, encomenderos y peninsulares, el matrimonio pidió una encomienda para su primogénito, José. La Corona Española, luego de aquilatar los pedigrís del matrimonio Alvarado Vera, decidió otorgarle una encomienda al muchachito; por supuesto, esta sería administrada por Gil hasta que el hijo pudiera hacerse cargo de ella.

José, quien llegó a desempeñar el cargo de capitán, gozó de la encomienda hasta que esta desapareció; los indios morían, huían o se mezclaban con españoles, lo que fue reduciéndola paulatinamente; además, ya para fines del siglo XVII, la encomienda era un sistema en plena y rotunda decadencia en toda la capitanía guatemalteca.

Tanto don José, como sus demás hermanos varones, casaron con criollas costarricenses descendientes de conquistadores, encomenderos y funcionarios reales. Dn. José contrajo matrimonio con Da. Petronila de Retes; Dn. García, con Da. Juana de Salazar; Dn. Pedro, con Da. Catalina de Vidamartel; Dn. Jorge, con Da. Gertrudis de Echavarría Navarro y Dn. Gil, con Da. Inés de Sandoval Golfín.

Por su parte, las tres hijas de don Gil y doña Juana casaron con peninsulares: Da. María, con Dn. Domingo de Otálora; Da. Sebastiana, con Dn. Bartolomé de Arias Maldonado, y Da. Gertrudis, con Dn. José de Vargas Machuca.

Don José logró acumular por supuesto con la ayuda de la dote que recibió de su mujer también una considerable fortuna, que repartió estando en vida entre sus 8 hijos y solo quedaba al final su casa en Ujarrás, sobre pilares de cal y canto y horcones de madera negra, cubierta de teja; la cocina también sobre horcones y cubierta de teja; un trapiche; una suerte de caña de azúcar; 4 yuntas de bueyes y 12 bestias mulares mansas.

Como era costumbre en las familias criollas, don José había mandado fundar un par de capellanías para que se rezaran misas por su alma, la de su difunta esposa y demás antepasados, en los que nombraba por capellanes y patrones a hijos, nietos, yernos y parientes.

La fortuna acumulada también había sido el resultado de la prolija actividad ganadera de sus hijos, a quienes premió entregándoles su herencia antes de morir.

Asimismo, su libro de cuentas estaba lleno de nombres de panameños y nicaragüenses con quienes mantenía comercio don José y sus hijos, quienes viajaron incontables veces de una provincia a otra, como muchos de sus primos.

Además de la finca en Ujarrás, tenía una hacienda ganadera en el paraje nombrado Miravalles, jurisdicción de Esparza, nombrada San José de Tenorio. Allí tenía 200 reses vacunas de hierra arriba y 130 yeguas también de hierra arriba.

En esos viajes de toda la parentela Alvarado hacia Nicaragua, Honduras y Panamá, principalmente, se generó el uso errado de Alvarado Jirón en la familia costarricense pues eran parientes por Alvarado, pero no por Jirón, quien introdujo este curioso cambio, que se extendió por más de un siglo, fue don José de Alvarado [Jirón] Vidamartel, hijo de don Pedro y doña Catalina.

Hoy, los descendientes de esta familia abarcan todo el espectro de la sociedad costarricense; por supuesto, muchos de los esclavos y mestizos relacionados con esta familia tomaron el apellido Alvarado muchas veces quizá porque eran sus parientes, que hoy también está presente en todo el país.


Temas de esta edición:
Familia Alvarado Benavides (Guatemala)
Familia Alvarado Vera (Cartago)
Algunas de las facetas de la historia familiar de los Alvarado
El léxico: El mundo y los bienes familiares
A modo de conclusión
Citas usadas en esta edición
Fuentes

Glosario
Familias estudiadas
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