Nuestros orígenes

Mauricio Meléndez Obando

¿Quién no se ha preguntado alguna vez acerca del origen de su apellido y familia?
Muchos no pasan de la duda pues solucionarla puede quitarle algo de su tiempo (bien excesivamente valioso en estos tiempos de globalización).
Si pretendemos hablar del nuestros orígenes más remotos, tendremos que decir que nuestra madre primigenia –según los últimos estudios biogenéticos– estuvo en Africa hace millones de años, y de ahí el género humano se esparció paulatinamente por el mundo entero.
Sin embargo, no pretendemos empezar en tiempos tan remotos (además, no contamos con las técnicas requeridas para ello ni el conocimiento que esto amerita).
Tomaremos como punto de partida –valga decir simbólico– el arribo en 1504 de Colón a Cariari, en las costas caribeñas de la que se llamó después Costa Rica.
Esto porque significa el primer encuentro (o choque –como quiera verse–) del hombre americano que habitaba lo que hoy es nuestro país con los españoles.
Por las características particulares de la conquista y colonización españolas, las raíces costarricenses (latinoamericanas) están marcadas por el mestizaje, primero de la indígena con el conquistador español y más adelante de la negra esclava traída de Africa con el colono español.
A este proceso se añade el cruce del indio con el negro y de los diferentes mestizos resultantes entre sí, que nos dieron una herencia pluricultural y multiétnica sin comparación en el mundo moderno.
Hay que añadir que luego de la independencia y durante el siglo XIX vinieron nuevos inmigrantes procedentes de Alemania, Inglaterra, Estados Unidos, Italia, Francia, Jamaica, China y España.
En tiempos más recientes arribaron judíos, libaneses, griegos, nicaragüenses, salvadoreños, chilenos, taiwaneses y nuevamente españoles, chinos, canadienses, estadounidenses...
Por eso, en Costa Rica podemos encontrar apellidos españoles cuya presencia en el país se remonta a tres o cuatro siglos (como Astúa, Jiménez, Solano, López, Rodríguez, Delgado, Ocampo, Alvarado, Barrantes, Segura, Chaves, Quesada, González, Brenes, Vargas, Cordero, Pasos, Fallas, Oreamuno, Sibaja, Arias, Castro, Murillo, Aguilar, Recio, Sáenz, Bogantes y Gutiérrez).
Otros más recientes (como Montealegre, Dobles, Dengo, Echandi, Troyo, Borbón, Albenda, Huertas, Bastos, Arrostegui, Frutos y Solares).
También hallamos familias procedentes de otras regiones de Latinoamérica (como Leiva, Parreaguirre, Goyenaga, Tristán, Lobo, Molina, Montiel, Mayorga, Robles, Durán, Mesén, Meneses, Corrales).
Familias de llegada más reciente y con apellidos no hispanos (como Rohrmoser, Bolandi, Strasburger, Steller, Jenkins, Gätjens, Stewart, Li, Brown, Drummond, Innecken, Robert, Acón, Gobán, Albertazzi, Harley, Aronne, Garnier, Streber, Dent, Ross, Desanti, Rossi, Shadid, Yankelewitz, van der Laat, Tabash, Sing, Sterloff, van Patten y Niehaus).
Asimismo, se debe tomar en cuenta que muchos de los indígenas y esclavos en América tomaron (o les impusieron) los apellidos de sus encomenderos y amos ­respectivamente­ por lo que sus descendientes no siempre tenían alguna relación de sangre con sus portadores originales.
Además, para ampliar las perspectivas del panorama, los apellidos en Costa Rica no estuvieron exentos de los cambios lingüísticos que sufren las lenguas a través del tiempo, y pocos saben hoy que Bogantes era originalmente Govantes, que Echeverría fue Echavarría Navarro, que Parreaguirre era Iparraguirre, que Sancho fue Sancho de Castañeda, que Cambronero era Carbonero y Sandí, Sendín de Sotomayor.
Finalmente, el proceso de mestizaje en la colonia causó que muchos de nuestros antepasados, hijos de relaciones extramatrimoniales, aparezcan en la documentación como mestizos, hijos de padres no conocidos, cuyos progenitores nunca conoceremos pues no quedó constancia documental de ellos.


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