Olimpiada Moscú 80, el bautizo tico en un evento mundial


Antonio Moyano Reina (*)
Especial para La Nación

La primera participación de Costa Rica en unos Juegos Olímpicos, en Moscú 1980, dejó un cúmulo de enseñanzas para salir de nuestro estancamiento. Esto porque llegamos a enfrentarnos a equipos superiores en lo físico-atlético, que nos impidieron hacer un papel distinto, pero que nos puso en la cabeza la idea de que antes se jugaba al futbol y hoy se corre al futbol.

Descubrimos que para entrar en el concierto mundial del futbol es necesario invertir en el jugador desde su niñez, para que tenga buenas bases de alimentación, desarrollo y condición física. Hoy se requiere fuerza, potencia, funcionalidad y mejorar la técnica, pero con velocidad mental.

Nuestro jugador tiene que aprender a multiplicarse y amoldarse a las distintas estrategias. La disciplina táctica debe sentar raíces indestructibles en nuestro futbol. Para encontrarnos con esta realidad, tuvimos que ir a Moscú y perder tres partidos ante Irak (0 a 3), Yugoslavia (2 a 3) y Finlandia (0 a 3).

En esos años, sin que se hiciera algo por mejorar, era muy fácil asegurar que estábamos atrasados 25 años y que nuestro futbol era caduco y artesanal, como lo definió la FIFA en su reporte técnico. Pero nadie se acordó esa vez que los equipos adversarios nos superaban porque sí trabajaban por el futbol.

Hablaron de fracaso, pero la Selección Nacional recogió lo que sembraron los dirigentes de la época, que defendieron más sus intereses. Se me limitó el trabajo y el número de jugadores por equipo, los fogueos no fueron los idóneos y los entrenamientos no fueron continuos ni con la debida planificación. Por desgracia no todas las figuras que convoqué rindieron; unos por indisciplina, otros por falta de interés y otros por venirle grande la camiseta nacional.

Romper tabúes

Comenzamos el trabajo en 1979, con un rosario de espinas y alegrías. Para entonces, la Selección era un auténtico tabú. Nadie quería nada con ella, por los fracasos de años anteriores. Pero hubo una gran fuerza de voluntad y unión entre jugadores, cuerpo técnico y unos pocos federativos, para sacar adelante la clasificación olímpica, una meta que algunos incrédulos creían inalcanzable.

El primer paso fue contra Panamá, con los dos partidos organizados en San José. Los resultados fueron 4 a 0 y 2 a 0, con tres goles de Gerardo Cebolla Gutiérrez y otros tres de Jorge Gugui Ulate.

Una vez superados estas dos presentaciones, el siguiente escollo fue Guatemala. El primer partido fue en el Estadio Nacional y perdimos, 1 a 2. Ahí se nos vino el mundo encima. Todos comentaron que una vez más Costa Rica no iba a ningún lado con su futbol.

Entonces, llamé a tres nuevos jugadores: Wílberth Barquero, Wálter Navarro y Javier Zurdo Jiménez, quienes me confesaron su plena disposición al trabajo. José Manuel Chinimba Rojas, por su lado, era el capitán y gran jugador que me dio su cooperación total y su magnífico futbol-arte para sacar la difícil tarea.

Nadie daba un cinco por nosotros en el partido de vuelta, en Guatemala. Los jugadores sacaron la casta y el caudal individual que tenían. Con gol de Róger Alvarez, ganamos 1 a 0 a los chapines y obligamos a un partido de desempate en El Salvador.

Otra vez triunfamos 1 a 0 -anotación de cabeza de Fernando Macho Montero- y dejamos eliminados a Guatemala, para pasar a jugar una triangular final frente a Estados Unidos y Surinam.

Los dos primeros juegos fueron en San José, donde ganamos a Surinam (3 a 2) y perdimos contra Estados Unidos (0 a 1). La críticas y opiniones desfavorables se redoblaron en nuestra contra. Pero yo sabía hasta dónde podía llegar nuestro equipo, en los viajes a San Luis, Missouri, y Paramaribo.

Clasificamos a la primera Olimpiada de nuestra historia al empatar, 1 a 1, frente a Estados Unidos y volver a vencer, 3 a 2, a Surinam. El regreso al país tuvo un recimiento apoteósico, francamente emocionante, después de pasar tensiones, zancadillas y malos ratos, hasta llegar a este ansiado boleto.

Conseguir los uniformes de gala fue toda una odisea, incluso no se sabía si podíamos participar en Moscú porque en la Fedefútbol no había dinero para los pasajes. Tuvimos que irnos por una aerolínea soviética y tardamos 27 horas en el viaje, por los distintos trasbordos que hicimos. Toda una epopeya, después de no saber si viajaríamos hasta el último momento.

Al llegar a la antigua Unión Soviética, para jugar jugar en las ciudades de Kiev y Minsk, nuestros jugadores se vieron sorprendidos de la calidad de los estadios y de observar los voluminosos equipajes de las otras delegaciones.

El mismo hotel de cinco estrellas donde estuvimos hospedados era algo novedoso para ellos. Era un mundo desconocido y esto, sin duda, inhibió al grupo. Jugamos tres partidos y los perdimos en fila, contra iraquíes (0 a 3), yugoslavos (2 a 3) -anotaciones ticas de Jorge White y Omar Arroyo- y finlandeses (0 a 3), para ocupar el último lugar del grupo y del torneo.

A pesar de los reveses, fue una experiencia magnífica para todos. Cuando nuestros jugadores hablaban de los rivales, quedaba en evidencia el abismo que entonces existía con ellos, por el tipo de premios y el trato profesional que se les daba, además de su autodisciplina, para saber comportarse correctamente en la cancha y en su vida social.

Mientras las delegaciones de otros países guardaban un estricto régimen disciplinario, los nuestros hacían todo lo contrario: protestaban por las horas de levantarse y entrenar, comían cuando les apetecía y no había forma de meterlos en el baño sauna. "¿Para que sirve eso?", me decían unos.

¿Qué implicaba eso? Indisciplina. ¿Había mala fe en el grupo? No, simplemente era desconocimiento total de lo que es un perfecto atleta profesional. Todo formó parte aquella vez de un aprendizaje necesario, por el cual el futbol nacional debía pasar, en lo que oficialmente fue el bautizo costarricense en una gran competencia mundial.

(*) Director técnico del seleccionado de futbol que intervino en la Olimpiada de Moscú 80. Además, dirigió para Costa Rica otros procesos en el ámbito panamericano, mundial y juvenil.

Plantel olímpico del 80

Porteros: Julio Morales y Carlos Bismarck Duarte.

Defensas: Javier Michelín Masís, Mínor Alpízar, Ricardo García, Carlos Toppings, Carlos Pata Jiménez y Dennis Marshall.

Volantes: Róger Alvarez, Francisco Chico Hernández, Tomás Velásquez, Wílliam Avila y Hérberth Quesada.

Delanteros: Jorge White, Omar Arroyo, Luis Neco Fernández y Marvin Obando.

Director técnico: Antonio Moyano Reyna (español).

[Pie de foto: Fernando Macho Montero (al centro) presiona al defensor chapín Clemente Sánchez. Lo sigue atrás Freddy Cabrera. Montero fue el héroe de ese juego en El Salvador, al anotar el gol con el cual Costa Rica eliminó, 1 a 0, a Guatemala.]


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