Rivers revive su histórico gol a la Squadra Azzurra en Olimpiada 84


Enrique Rivers Gutierrez (*)
Especial para La Nación

Mi gol a Italia fue inolvidable, hace más de 12 años, durante la Olimpiada de Los Angeles 1984. Carlos Toppings tomó el balón en la mediacancha y me la pasó. Inmediatamente levanté la cabeza y vi que Guillermo Guardia y Evaristo Coronado picaban hacia el medio; envié el pase a Guardia, pero llegó el defensor Pietro Vierchowood a cortar el avance y la bola me llegó a mí.

Ahí fue cuando recordé unas palabras de Geovanny Rodríguez, mi entrenador en el Saprissa, quien me había dicho con insistencia que siempre siguiera la jugada y no me quedara parado, cuando tocara la pelota en profundidad. A buena hora, acaté esa indicación, y estuve dispuesto esa vez (2 de agosto de 1984) a darle continuidad a la jugada...

El tiro, por suerte, tomó buena potencia e iba bien colocado, al palo contrario del portero italiano, Wálter Zenga. Mucha gente me ha dicho que si me asusté. ¡No¡ Más bien sentí que sólo metí un gol y en mi interior pensaba que ahora los italianos se enojarían y se nos vendrían encima, para presionarnos.

Nosotros veníamos de sufrir dos derrotas seguidas ante Estados Unidos y Egipto. Pero el equipo se mentalizó mucho para lavarnos la cara en el juego de despedida frente a Italia, que en ese entonces era el campeón del mundo.

Antonio Moyano, acertadamente, ordenó primero al equipo en defensa, porque lo esencial era estar bien parado, tener orden y ubicarnos bien en la cancha; las marcas específicas que el entrenador nos impuso se dieron.

Todos fuimos unos leones en la cancha. Sabíamos que un empate equivaldría a un triunfo. Así es que cuando anotamos ese gol, hicimos todo lo posible para mantener la ventaja. Marcos Rojas se convirtió en una muralla infranqueable y eso nos hizo crecer moralmente y nos convenció de que el equipo estaba para ganar y que no podíamos dejar escapar ese triunfo de 1 a 0.

Cuando caminaba a los camerinos, al terminar el juego, me topé a Antonio Sabato y le dije que si cambiaría la camiseta. Quizás porque las nuestras eran muy modestas, él me dijo que no. Pero detrás de nosotros venía Enzo Bearzot, entrenador de Italia. Cuando me di vuelta para ir a abrazar a uno de mis compañeros, él me agarró del hombro y me dijo que fuéramos a su camerino.

¿Y para qué lo hizo? A mí me dio mucha pena y me sorprendió su actitud, porque Bearzot le pegó a Sabato y le gritó de todo, por no dar indicios de humildad ante la derrota. Al final tuvo que quitarse la camiseta y me la entregó.

Un gol que fue histórico pero que no representó nada para mí, ni en lo económico ni en lo deportivo. Ni siquiera me dieron un pin o una carta de agradecimiento de la Federación por haberlo anotado. ¡Ni modo¡

Proceso descuidado

Todo comenzó en marzo de 1983 con la convocatoria de futbolistas. En esa época, los clubes no mostraron intéres en clasificar a la Olimpiada y, ante ello, la Selección recibió poco apoyo. Nunca faltaron las penurias en los entrenamientos, cuando utilizábamos bolas gastadas, o para conseguir fogueos de calidad y buenos implementos deportivos.

El primer partido de la etapa de clasificación hacia la Olimpiada de Los Angeles 84 lo jugamos frente a Honduras en Tegucigalpa, donde ni los familiares ni los periodistas que nos acompañaron creían que siquiera pudiéramos sacar un empate allá. Pero el equipo demostró que estaba en cierta medida capacitado para ganar en cualquier lado.

Y, después de una muy buena jugada que se inició desde la defensa, Guillermo Guardia la culminó al rescatar un rechazo del arquero Tejada y ganamos 1 a 0. Así rompimos el mito de que Honduras era superior a nosotros en eliminatorias e iniciamos con el pie derecho el camino a Los Angeles 84.

El partido de vuelta en San José se nos puso feo en la primera parte, con 2 a 0 en contra. Estábamos muy nerviosos. Pero el equipo tuvo una reacción increíble, cuando don Antonio hizo los cambios requeridos. El equipo empezó a funcionar y, después del primer gol, anotado por Evaristo Coronado, tomó fe y mucho espíritu de lucha. Luego hicimos el segundo con Chavarría y el tercero con Evaristo, como colorario de un gran desempeño. 3 a 2 en la pizarra.

El ánimo del grupo empezó a subir, con miras a la siguiente serie ante Guatemala. El primer partido lo ganamos en el Nacional, 1 a 0, por una jugada de inteligencia de Carlos Santana, que me la sirvió rápido a mí, después de que le habían cometido una falta. Me tocó ver el arranque de Franklin Williams y la metí de profundidad. A él le tocó concluirla, al anotar de gran forma.

En Guatemala, la lucha también fue férrea e igualamos 1 a 1 -gol de Alvaro Solano-, con lo cual avanzamos a la triangular final de la CONCACAF, ante Cuba y Canadá, dos rivales de distinto estilo, pero que jugaban a no perder y eso nos enredó el panorama, porque no teníamos espacio para maniobrar.

Imagínense que en esos encuentros poco vistosos solo convertimos un milagroso gol de taquito, logrado por Evaristo Coronado, que fue agónico ante los cubanos, debido a que los otros juegos los empatamos a cero tantos. Pero esa conquista fue suficiente para quedar en el primer lugar y llegar a la Olimpiada, lo que demuestra lo mal que estaba el nivel de esos dos equipos.

La clasificación dio un mentís a la dirigencia que no nos había apoyado. Pero luego, por la idiosincrasia propia del tico para manejar los asuntos organizativos, se destituyó a Moyano Reina, se nombró luego a Didier Castro y a 30 días antes de los Juegos Olímpicos se volvió a designar a Moyano.

Impacto mental

Ante esta desordenada situación, fuimos los jugadores los que sacamos la cara. Pero en la Olimpiada nos topamos con un desconocimiento total de una organización y de rivales muy superiores, que estaban fuera de nuestra realidad, algo que psicológicamente nos afectó en nuestro rendimiento.

Jugamos el primer partido frente a Estados Unidos, pensando que podíamos jugarles de tú a tú y hasta arrollarlos, por ser un equipo de nuestra área. Pero nos equivocamos: la ansiedad nos mató y salimos goleados (0 a 3) porque ellos en organización están a años luz y fueron más agresivos que nosotros.

Ante Egipto la mentalidad fue pensar que ellos jugaban con pelota cuadrada, eran solamente correlones y estaban sumamente atrasados en futbol. Pero más bien recuerdo una situación particular, que resume lo que sucedió esa vez, cuando fuimos goleados, 4 a 1...

Yo estaba en banca, pero al poco tiempo de ingresar en el segundo tiempo, Carlos Toppings le pegó un grito a Miguel Lacey: "¡Cuidado, ahí va...!". Y Lacey le respondió: "¡N'ombre, cual ahí va, si ya pasó por aquí." Eran tipos sumamente rápidos y Egipto un equipo muy superior a nivel físico. Nuestra técnica no nos sirvió mucho esa vez para contrarrestar su potencia.

Lástima que luego de la gran victoria frente a Italia (1 a 0), la Federación no nos diera la continuidad ni la confianza necesarias. Hoy, después de aquel proceso, siento que tenemos capacidad para estar al nivel organizativo de México y futbolístico de Suramérica, pero nuestra estructura es un desastre. Debemos planificar y organizarnos mejor, como lo hacen religiosamente las naciones desarrolladas, cuyo ejemplo debemos copiar siempre.

(*) Seleccionado Nacional de 1983 a 1989; actual asistente técnico del Herediano.

Goleadores olímpicos

Estos son los anotadores de Costa Rica en las eliminatorias y finales de futbol de los Juegos Olímpicos.

Con ocho goles: Rónald Gómez.

Con cuatro: Jorge Gugui Ulate y Evaristo Coronado.

Con tres: Francisco Chico Hernández, Gerardo Cebolla Gutiérrez, Javier Zurdo Jiménez, Jorge White y Bérnal Mullins.

Con dos: Leonel Hernández, Wálter Elizondo y Jafet Soto.

Con un gol: Edgar Núñez, Roy Sáenz, Carlos Watson, Rolando Cadáver Villalobos, Mario Squirt Barrantes, Johnny Alvarado, Róger Alvarez, Fernando Macho Montero, Carlos Nicanor Toppings, Rodolfo Mills, Omar Arroyo, Guillermo Guardia, Germán Chavarría, Franklin Williams, Alvaro Solano, Enrique Rivers, Reynaldo Parks, Vinicio Montero y Jéwisson Bennett.

Plantel olímpico del 84

Porteros: Marco Antonio Rojas y Alejandro González.

Defensas: Mínor Alpízar, Miguel Lacey, Carlos Toppings, César Hines y Enrique Díaz.

Volantes: Carlos Santana, Germán Chavarría, Enrique Rivers, Alvaro Solano, Juan Cayasso y Luis Galagarza.

Delanteros: Guillermo Guardia, Evaristo Coronado, Leonidas Leoni Flores y Marvin Obando.

Director técnico: Antonio Moyano Reyna (español).

Para atesorar

El gol de Enrique Rivers a Italia materializó la máxima hazaña de Costa Rica en el futbol olímpico. Aprovechó un rechazo del defensor italiano Pietro Vierchowood y fusiló a Wálter Zenga, con un derechazo imparable, el 2 de agosto de 1984, en el estadio Rose Bowl, en Pasadena, California (EE.UU.).

[Pie de foto: El cuadro patrio que cayó goleado por Egipto, 1 a 4, en Stanford, California. Arriba: A. González, M. Lacey, E. Coronado, E. Díaz, C. Toppings y A. Solano. Abajo: M. Alpízar, M. Obando, C. Santana, G. Chavarría y G. Guardia.]


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