El inolvidable triunfo ante Suecia y el pase a la segunda ronda


Roger Flores Solano
Especial para La Nación

Ya pasaron siete años desde aquel partidazo que le ganamos a Suecia en el Mundial de Italia y que nos permitió avanzar a la segunda ronda. Conservo los vídeos de todos los juegos, pero todavía no he querido verlos en mi casa.

Ya llegará el momento. Quizás lo haga algún día, cuando esté más viejo, para ponerme nostálgico y llorar un poco. Sí he observado mi gol al portero Thomas Ravelli cuando, fortuitamente, lo pasan en televisión.

Es, casualmente, cuando veo esas imágenes, que muchos recuerdos desfilan por mi mente. Uno de los primeros alude a los momentos previos a ese juego en Génova, cuando los suecos nos quisieron intimidar con sus miradas despectivas, de pocos amigos.

Ya Bora nos había advertido meses atrás que sería así. "Cuando vayan a salir al campo, brinquen y vacilen, para que ellos vean que estamos alegres y no atemorizados."

"¡Vamos a ganarle a estos suecos, que son puro cuerpo!", fue lo primero que les dije a mis compañeros. Y todos nos metimos en la idea. Y ellos, en lugar de sentirse más que nosotros, pasaron a preocuparse. Ahí fue donde empezamos a ganarles ese decisivo partido.

Confuso comienzo

Había mucha expectación porque estábamos cerca de pasar a la segunda fase y solo requeríamos de un empate. Bora enfatizó en la necesidad de calmar nuestra ansiedad.

En los primeros 15 minutos, el duelo se vio un poco complicado, porque caímos en la trampa de jugar al mismo estilo de los escandinavos: lanzar balones a los costados y, a su vez, centros al área, para aprovechar la potencia de su gente.

Estábamos un tanto confusos, pero logramos nivelar e imponer nuestro estilo técnico. El equipo tomó mucha confianza. Pero todo se derrumbó cuando cayó la anotación de Suecia y todos los clavos me cayeron a mí...

La jugada surgió en un tiro libre. Cuando se iba a cobrar, me tocó achicar en el lado de afuera de la barrera y así lo hice, pero incliné un poco el cuerpo, para taparme la cara en sentido de protección; por ahí pasó el balón. Gabelo soltó el remate y entró Johnny Ekstroem para anotar.

Muchos de mis compañeros, con sus miradas y gestos, me desaprobaron por lo ocurrido, cuando terminó el primer tiempo, y había discusiones de toda índole en el vestidor.

Cambio radical

Cuando parecía que la nave se hundiría, Bora entró en el camerino y nos calló a todos, para calmar el ambiente. "¿Qué pasa aquí? Tranquilos, están manejando bien el juego. No quiero que nadie se desespere. Si pelean, salimos goleados. Tenemos que seguir con la misma tónica, pero más agresivos arriba, porque el resultado caerá y vamos a poder sacar el partido."

Hubo un cambio clave en los últimos 30 minutos, cuando se dio la permuta de Hernán Medford, quien no fue evaluado por los suecos como alguien que les haría daño, porque no fue muy conocido en nuestro periplo en Italia.

Y en una de las dos escapadas que hizo, le cometieron una falta por el sector derecho. Era la jugada del gol del empate. Yo sentía ira y algo de culpabilidad por lo que había sucedido en el gol de Suecia. Por eso llegué y le hablé a Cayasso, responsable de las bolas muertas.

"Juan, tírela al primero, yo voy ahí" (al poste más cercano a la bola). Me respondió que sí, pero no lo sentí muy convencido, me devolví y le repetí el mensaje. Juan lo cobró, en forma curveada, con la famosa "banana", y la hizo muy corta.

Pero Ravelli caminó tres pasos para achicar y eso me permitió cambiar la dirección a la bola. Sentí gol. Cuando caía, vi que se movió la red. Vino mi largo festejo hasta la banderilla y me acordé de todo: desde mis inicios como futbolista aficionado hasta mi alegría por haberme desquitado de mi supuesta culpabilidad en el gol sueco.

Nosotros queríamos que se terminara el juego. Y nos fijamos en los dos relojes que había en el estadio de Génova, porque cada minuto se nos hizo eterno.

El empate fue algo desbordante, pero cuando Medford convirtió el segundo gol, estábamos borrachos de alegría. Todos lo empujamos para que hiciera el gol. Y lo más importante fue que terminamos jugando bien, con personalidad.

Cuando terminó el juego y ganamos 2 a 1, nos felicitamos, pero en general fuimos como muy fríos, quizás porque los suecos quisieron cambiar camisetas. El verdadero festejo se dio minutos después en el camerino. Fue algo increíble.

Oscar Ramírez, Gabelo Conejo y yo estabábamos en un abrazo fraternal, y empezamos a brincar. "¡Vamos a ser campeón, vamos a ser campeón!", fue el canto escogido por Oscar, y todos los seguimos, hasta el expresidente Oscar Arias.

Cuando regresamos al Hotel Park en Mondoví, como a la una de la mañana, todo estaba calmado, pero abarrotado de gente. Nos esperaba todo el pueblo, que se había identificado mucho con nosotros. Y eso fue lo más grande que sentimos. Me acuerdo que todos cantaban, con las caras pintadas de los colores de Costa Rica. Aquella gran celebración se prolongó hasta altas horas de la madrugada. El Mundial no había concluido. Continuaba con lo más duro, el partido que tanto queríamos, frente a Checoslovaquia, en octavos de final.

Costa Rica 2 - Suecia 1

Fecha: Miércoles 20 de junio de 1990.

Motivo: Partido 32 de la Copa Mundial de Italia 90, grupo C.

Estadio: Luigi Ferraris, de Génova (Italia).

Goles: Johnny Ekstroem (Suecia), a los 31 minutos; Róger Flores (Costa Rica), de cabeza, a los 74'; Hernán Medford (Costa Rica), a los 86'.

Arbitros: Zoran Petrovic (Yugoslavia), al centro; Alan Snoddy (Irlanda del Norte) y George Courtney (Inglaterra), en las líneas.

Amonestados: R. Gómez y H. Marchena (Costa Rica); G. Stromberg y S. Schwarz (Suecia).

Alineaciones

Costa Rica: Gabelo Conejo; Germán Chavarría (Alexandre Guimaraes, a los 74'), Róger Flores, Mauricio Montero y José C. Chaves; Héctor Marchena, Rónald González, Róger Gómez (Hernán Medford, a los 60'), Oscar Ramírez y Juan Cayasso; Claudio Jara. D.T.: Velibor Bora Milutinovic.

Suecia: Thomas Ravelli; Roland Nilsson, Glenn Hysen, Peter Larsson y Stefan Schwarz; Joakim Nilsson, Klas Ingesson, Glenn Stromberg (Leif Engqvist, a los 81') y Stefan Petterson; Thomas Brolin (Mats Gren, a los 34') y Johnny Ekstroem. D.T.: Olle Nordin.

Asistencia: 30.223 personas.

[Pie de foto: "Medford entró motivado, con piernas frescas y muy punzante ante el sueco Schwarz, y terminamos jugando a ganar", recordó el capitano Róger Flores.]


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