De reojo: teoría de los chambones

Gerardo Bolaños G.
gbolanos@nacion.com

Contrariamente a lo que podría deducirse por su sonoro nombre, el chambonismo no es una escuela de pintura europea del siglo XX, ni un estilo literario de vanguardia, menos una desviación sexual.

El chambonismo es, simplemente, una manera muy costarricense de hacer política, de ejercer el poder o dejar de hacerlo, sobre una base de acumulación de vacíos propia de nuestro tiempo.

Al practicante del chambonismo se le denomina chambón. Originalmente chambón (a) significó torpe o inhábil en el juego pero, por extensión, se denomina así a la persona poco ducha en cualquier actividad, y esto incluye la política. Una chambonada es el desacierto propio del chambón; también existe un verbo derivado, chambonear, es decir, hacer chambonadas o, lo que es lo mismo, chapucear.

No se debe hacer chota ni chacota de los políticos chambones, menos si están ausentes o descansando del tráfago del fin de semana pasado, pues el diablo está presente en su lugar. Sin embargo, se sabe que algunos disidentes del chambonismo están tratando de fundar el Partido Chabacano Auténtico. Por dicha la cháchara de esta subespecie política no ha calado entre los votantes, chamuscados por tantas chanchadas que tienen encharralado al país.

En el fondo, los chambonistas son más divertidos que una ensalada de churristate y están algo chiflis: se presentan como si fueran la pura tapa pero, en verdad, son la pura chapa.


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