San José, Costa Rica. Domingo 10 de diciembre, 2006.
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El grano de oro en nuevas manos

Columnas

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William Sánchez /LA NACIN

¿Un país en el círculo de tiza?

Ninguna madre verdadera estaría de acuerdo en sacrificar al niño

Jaime Gamboa
proa@nacion.com

La antigua fábula china del círculo de tiza cuenta que dos mujeres llegan ante el Khan con una disputa de maternidad. Ambas aseguran haber dado a luz al bebé que un dignatario acongojado sostiene en brazos.

“Ella me lo robó mientras dormía”, dice una. “Ella miente”, dice la otra.

El poderoso Khan, dado a cortar por lo sano, dibuja un círculo de tiza en el suelo y coloca al bebé en el centro. Luego manda que las “madres” se coloquen a ambos lados: la que tire del niño con más fuerza se quedará con ´èl.

“Pero el bebé podría morir”, objetó alarmada una de ellas. El Khan sonrió…

En el primer libro del Reyes, el rey Salomón aplica la misma estrategia del Khan, solo que, en vez de dibujar un círculo de tiza, el sabio hebreo manda a partir el niño en dos con una espada (¡!) y entregarle una mitad a cada querellante.

Una de las dos mujeres le ruega que por favor no ejecute la sentencia. Obviamente Salomón, al igual que el Khan, reconoce de inmediato a la piadosa como legítima madre.

Más de dos mil años después, Bertolt Brecht hizo una versión marxista de esta historia, en la obra de teatro El círculo de tiza caucasiano. Durante una revuelta, una mujer de la nobleza abandona a un niño, que es recogido por una sirviente quien decide criarlo. Luego la madre biológica regresa y lo reclama. ¿Cuál de las dos merece quedarse con él?

Matizando los juicios de Salomón y del gran Khan, Brecht le da la razón a la madre “de crianza” y proclama que el amor es la fuente de todo derecho, por encima de la sangre, la herencia o cualquier documento legal. Brecht usa esta parábola para favorecer la tesis de que “la tierra es de quien la trabaja”.

Pese a sus diferencias, en un punto coinciden las tres fábulas –la bíblica, la oriental y la marxista–: ninguna madre verdadera estaría de acuerdo en sacrificar al niño. Preferiría perderlo antes que dejarlo morir.

Esa feliz coincidencia de criterios me hace pensar en tantos conflictos a lo largo de la historia, en los que ninguno de los querellantes ha querido renunciar a su “derecho” y han preferido destruir su propia tierra antes que cederla a su oponente. Países enteros desolados por bandos que se proclaman, cada uno, el “legítimo” defensor de la Patria.

Pienso entonces que quizá alrededor de nuestro propio país se podría estar dibujando un círculo de tiza en este momento. ¿Hasta qué punto es capaz de llevarnos la fidelidad a nuestros breviarios ideológicos, o la inmadurez de nuestros políticos y dirigentes? ¿Seremos capaces de recapacitar y dialogar antes de llegar a “partir al niño en dos”?





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