Costa Rica, Domingo 7 de octubre de 2007

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Crónica

Los solitarios del desierto verde

 Hombres solos. El bache de La Colonia, en Sarapiquí, es solo uno de los muchos que hay en el país. Allí se hospedan cientos de hombres que optaron por la vida solitaria de las bananeras.

Eva Hershaw | proa@nacion.com

Cuanto más se alejaba el bus de Puerto Viejo de Sarapiquí, más perdida me sentía. Sabía hacia dónde iba, pero la sensación que lo captura a uno cuando pasan 20, 30 ó más minutos de camino entre plantaciones de banano, sin ver más que hojas verdes y bolsas azules, es un horizonte que desorienta.

El sol caía fuerte sobre el aislado camino de lastre. Los pasajeros se movían de un lado a otro, inquietos, platicando, mirando por la ventana el monótono paisaje que pasaba frente a sus ojos. Entre Puerto Viejo y nuestro destino hay escasos 28 kilómetros que se hacen eternos…

Al bajar a La Colonia, una comunidad de trabajadores establecida por la empresa Caribana en 1996, habíamos llegado a un “mundo perdido”.

Los habitantes de La Colonia viven como escondidos entre kilómetros de plantaciones de banano; son los engranajes invisibles de una de las agroindustrias exportadoras más grandes del país, la cual generó unos $624 millones en el último año.

El camino de lastre por donde llegamos cruza la comunidad vestida de calle principal y la divide en dos. Todo el desarrollo del pequeño pueblo corre paralelo a ese camino.

Baterías de dormitorios formadas por cuartos sencillos se mezclan con algunas casas, una escuelita, una fonda, un salón comunal, una plaza y algunos comercios. Se trata de la infraestructura típica de un pueblo construido bajo una uniformidad homogénea. Ahí, es la gente, cada habitante, la que da vida al paisaje repetitivo.

Una y media de la tarde, el sol intenso montado en el cielo. Es habitual ver niños libres entre las casas, sonriendo, hablando y corriendo enérgicamente. Algunos van por un chapuzón al río cercano, otros juegan debajo de la sombra de las palmeras.

Madres y esposas se mueven con parsimonia en las mecedoras. Platican tranquilas mientras se abanican para espantar el calor. Esperan pacientemente a sus maridos e hijos que desde la madrugada partieron a trabajar. Ellas se encargan de cocinar, lavar y limpiar, para hacer lo más agradable posible la vida de los peones de la bananera.

Sin embargo, como sucede en otras fincas del país, una parte de la mano de obra de Caribana consta de población soltera. Son cientos de hombres solos que viven en baches o sencillos cuartos individuales construidos para darles un alojamiento urgente y fácil. Son hombres que van y vienen, ocupando espacios que nunca llegarán a ser su hogar.

La vida de los baches es vertiginosa y temporal. Nadie llega a la plantación esperando un trabajo permanente. Muchos trabajadores se mudan o son trasladados a otras fincas, unos cuantos renuncian a este trabajo arduo y sin lugar a equivocaciones. Los menos afortunados tienen que alejarse porque arrastran algún tipo de discapacidad tras haber sufrido un accidente.

A pesar del poco tiempo que ocupan estos baches, los trabajadores intentan dar algún toque personal a sus cuartos, como una forma de hacerlos más cómodos y familiares.

El interior de los baches es un contraste entre paredes blancas –marcadas por los rastros de los anteriores habitantes– y miradas satinadas del “mundo externo”: foto de la madre querida, afiches del Saprissa y mil sueños colgados de un muro.

Con sus agregados personales, cada trabajador matiza lo que de otro modo, solo sería un espacio completamente vacío. Las camas son tablas de madera y una colchoneta colocadas por encima de un marco metálico.

 Tertulia

La tarde continúa. Dos horas después del mediodía, la fuerza viva de la bananera regresa del campo poco a poco. Vuelven a pie o en bicicleta. La carga es común en todos: piel oscurecida por el sol, ropa empapada de sudor, varias herramientas y una botella plástica vacía.

El cansancio de la jornada se observa claramente en sus movimientos, sus pasos cortos de pies arrastrados. Descargan todo en los cuartos y con cara de alivio salen al patio común.

Durante una tarde típica, es fácil encontrarlos agachados en la acera del cuarto, bajo de la limitada sombra del alero.

Ahí, las carencias de familia y afecto son compensadas por la fraternidad y cercanía de los demás trabajadores. Juntos se ríen y comparten anécdotas de su viejo hogar: la revolución nicaragüense, las minas de oro en la península de Osa, un amor perdido en Santa Cruz y, por supuesto, los detalles diarios de la rutina en el bananal.

Cada uno tiene una historia qué contar. Mariano Díaz Jiménez creció en una pequeña finca de algodón para exportación en Chinandega, Nicaragua. A sus 50 años, está separado de su esposa desde hace 13 años y optó por la vida en la bananera.

“En cualquier momento llega la suerte, porque la mujer hace falta”, dice con una sonrisa genuina y un corazón sincero .

Félix Mendoza Ampíe es un hombre de rasgos finos, lleva apenas cinco meses en La Colonia, pero más de 20 años en el país. Partió de su natal Zelaya, Nicaragua, para escapar de la violencia que la guerra civil había llevado a su país.

Junto a ellos está Raúl Moya Membreno, un guanacasteco de 26 años, reservado y de presencia pasiva. Van a ser dos años que salió de la pampa buscando un trabajo para dar apoyo económico a su familia.

Los sueños y penas de cada uno matizan la tarde mientras llega la hora de comida.

La cena tiene lugar en una fonda común, esa es la cafetería más frecuentada del pueblo donde un plato de porciones moderadas se sirve a una extensa fila de trabajadores hambrientos: arroz, frijoles, carne y plátano.

Las largas mesas se llenan de rostros desgastados y contexturas fibrosas donde no es fácil ver kilos de sobra. Comen en calma y casi nadie habla mientras se ingieren. Conforme los platos van quedando vacíos, empieza un desfile de sombras hacia los cuartos. En pocas horas habrá que estar laborando y el cuerpo necesita descanso.

Un gallo simbólico los despertará a las tres en punto la madrugada siguiente. En medio de una oscuridad quieta y fresca, las alarmas comienzan a sonar.

Un coro de gemidos, toses y movimientos torpes, retumba por los baches.

Se agitan las cerraduras y, uno por uno, en una sinfonía fortuita, abren las puertas a la negra mañana. Desde la luz de sus cuartos, siluetas semidormidas se movilizan por la acera que corre frente al bache.

El olor del sueño, la humedad y la ropa sudorosa escapan al aire fresco. De sus bocas cuelgan cepillos de dientes y algunos ya han encendido su primer cigarro del día, mientras toman descuidadamente la ropa que pusieron a secar la tarde anterior.

Bajo constelaciones brillantes, el aroma de gallo pinto y café marca el camino hacia la fonda. Comen tranquilos. Con cada cucharada de comida y sorbo de café que entra al cuerpo, el ánimo va creciendo.

Después del desayuno, se dispersan rápidamente. Los que trabajan cerca de la fonda salen caminando o montados en la bici . Los que laboran en fincas más lejanas esperan el paso de las carretas empujadas por tractores que los llevarán hasta lo más profundo de las plantaciones.

De la manera que sea, todos desaparecerán entre la oscuridad mucho antes de que el sol salte al horizonte, y volverán cerca de la media tarde, caminando a pasos cortos.

 Baile y juego

Cuando llega la noche del sábado, la escena cambia radicalmente en los baches de La Colonia.

Sabiendo que el día siguiente será pleno de descanso para la mayoría, los trabajadores de la bananera acuden a los billares o al salón comunal.

La otra opción es un espacio del iluminado bache 15, donde aguardan, con tableros de ajedrez y el único televisor público. Las risas vuelan por sobre la música bailable que se desborda por las ventanas del salón comunal.

El domingo, La Colonia descansa y recupera energía. Los hombres que antes vestían camisetas gastadas, medias altas y botas de hule negras, apenas se reconocen bajo los pantalones de mezclilla, las camisas de vestir y los sombreros de pita.

Algunos montan el bus al Puerto para visitar amigos o familiares, o andar de compras por un día. Otros eligen quedarse en los baches, disfrutando de un ambiente social poco común entre semana.

Los gritos desde el campo de béisbol no dejan de escucharse. Un pequeño equipo de jóvenes participa en su práctica semanal. Más tarde, bajo la tenue luz de la tarde, una veintena de hombres se reúnen en la cancha de futbol para la mejenga dominical.

De alguna forma, el deporte, las risas y la diversión les servirán para cargar sus baterías internas y enfrentar con ánimo la jornada que arrancará el lunes.

En muchos sentidos, este pueblito caribeño parece de otro mundo. La mayoría de los bananos cultivados en el país saldrán de nuestras fronteras.

El destino primario de consumo serán Estados Unidos y Europa. Sin embargo, a pesar de los ingresos que genera la industria bananera y su paso de más de un siglo por nuestra tierra, muy pocos consumidores –ni los locales ni los extranjeros– conocen la dinámica de vida que llevan muchos de quienes producen este fruto.

El bache de La Colonia, es solo uno entre decenas de ellos levantados por todo el país, donde se hospedan los hombres que han optado por la vida solitaria del trabajador de las bananeras.

Llegaron ahí sin sus familias y cargando solo unas cuantas posesiones personales. Sus sacrificios son tan numerosos como sus razones para vivir en ese desierto monótono de hojas verdes y bolsas azules, ese “rincón” de Costa Rica que la mayoría nunca llegará a conocer.

Un racimo de 120 años

El cultivo de banano en Costa Rica

Segúnlos documentos históricos, la actividad bananera en Costa Rica tiene más de 100 años y nació a raíz de la falta de recursos que sufría la última etapa de la construcción del ferrocarril al Atlántico. Ante este hecho, y con capital estadounidense, Minor Keith, ingeniero director de la construcción, propuso cultivar productos exportables en las áreas aledañas a las vías férreas.Así, el banano comenzó a ser cultivado en la zona atlántica y, el 7 de febrero de 1880, zarpó de puerto Limón rumbo a Estados Unidos el primer cargamento de esta fruta. Pronto comenzaron a surgir compañías como Boston Fruit Company y la United Fruit Company, en el Caribe y el Pacífico Sur. Tal fue el impacto que provocaron, que para 1940 el escritor alajuelense Carlos Luis Fallas escribió su famosa novela Mamita Yunai , donde habla sobre la difícil vida en las zonas bananeras.Aunque esta industria ha debido enfrentar serias crisis durante las últimas décadas, el sector sigue siendo muy fuerte. De acuerdo con un informe de la Corporación Bananera Nacional (Corbana), en el 2006 las exportaciones bananeras representaron el 7,7 por ciento dentro del total nacional.

De vuelta a los baches

La historia de un josefino

El cuerpode José Rafael Zúñiga Ruiz es frágil, nada de imponente. Conocido como Rafa entre los compañeros de La Colonia, entró a las bananeras por primera vez cuando tenía 18 años. Hoy, con 45, regresó a los baches. Con palabras fluidas y una bondad evidente, José Rafael habla abiertamente de su estancia en las bananeras, la soledad y las razones para trabajar ahí.Creció en Desamparados y, como miembro de una familia de 13 hermanos, sintió la responsabilidad de ayudar a los suyos cuando tuvo edad para trabajar.Aunque su primer trabajo en una bananera fue hace 27 años, el tiempo total que ha pasado en el campo suma apenas cinco años. Nunca logró quedarse más que dos o tres meses, inquieto por un ansia que lo guiaba fuera de los baches. “Tenía sueños, quería estudiar música, ser un maestro, hablar inglés, y utilizar los talentos que tengo”, dice con nostalgia. Ahora, en La Colonia, aboga por la construcción de más zonas de recreo y áreas comunales. “Es difícil sentirse tan lejos del hogar. Hay banano por aquí, por allá, no se puede ir a ningún lado sin chocar con un racimo de banano”.

FOTOS

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Varios trabajadores esperan el bus hacia las fincas, frente a la fonda de La Colonia.

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Los nicaragüenses Carlos Espinoza Lumbiz y José Alberto González Murillo en el interior de un bache.

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El bache 15 se convierte por las noches en el área de juego.

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Allan Carazo Campos desayuna antes de irse hacia la finca.

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José Miguel Zelaya Romero, nicaragüense de 52 años, toma un “bocado” en la acera del bache, bajo la sombra de un alero.

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Julio Dávila González en la entrada de su cuarto, en La Colonia.

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Algunos llevan más de 20 años laborando en las bananeras.

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Hace 13 años que Venancio Saavedra llegó a La Colonia.

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Raúl Montoya Membreño (izq.) descansa junto con un compañero.

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Erica Diana Salinas vive con sus padres en La Colonia.

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‘Rafa’ ingresó a la bananera con 18 años.

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Tramo de una finca bananera en el Caribe.

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