Costa Rica, Domingo 18 de mayo de 2008

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Cultura popular

La vida secreta de la Nigüenta

 Nunca se casó; de hecho, nunca creció. Su existencia está consagrada a los espacios íntimos, donde vive para escuchar ruegos de suerte y fortuna. La Nigüenta se ha multiplicado por generaciones en el pensamiento mágico de los ticos. Esta es su biografía no autorizada.

María Montero | mmontero@nacion.com

En el Mercado Central de San José, la Nigüenta se cotiza mejor que la Virgen de los Ángeles. Dependiendo del tamaño del yeso, la primera siempre va unos ¢500 más arriba que La Negrita . Sin embargo, este es un caso muy extraño pues, en el orden de las devociones oficiales, indudablemente la Patrona de Costa Rica goza de mayor popularidad y prestigio, mientras que la Nigüenta es una advenediza menor de edad semidesnuda que no tiene título de mediadora y ningún acceso autorizado a los dominios celestiales.

Aunque las leyes de la oferta y la demanda pueden ser injustas incluso con las vírgenes, lo cierto es que, en este caso, nos revelan que las creencias populares imponen sus propias jerarquías y que aquello que algunos califican de “supersticioso” tiene un sentido manifiesto en la vida cotidiana de la gente. Y que el pueblo está dispuesto a pagar más por esa apropiación.

“Los hispanohablantes católicos tenemos un santuario que desborda el santuario oficial; una serie de iconos que son de carácter mágico”, asegura Dionisio Cabal, músico costarricense e investigador de la cultura popular.

“En América Latina, muchos de los atributos que se le dan a determinadas imágenes son proyecciones de antiguas creencias mestizas. En el paganismo había distintas deidades dedicadas al hogar. La Nigüenta puede ser el sucedáneo de una deidad de carácter hogareño y pertenece a la misma tradición que nos hace colgar ajos o una hoja de sábila detrás de las puertas, la misma tradición de guardar un clavo herrumbrado para la buena suerte o una herradura. Todas se relacionan con espantar la mala suerte. La Nigüenta está inscrita en este tipo de tradiciones”, asegura el folclorista.

Para los ticos la Nigüenta es exactamente eso: un amuleto para la buena suerte.

Una de las definiciones que constan por escrito de lo que es una Nigüenta nos la ofrecen los archivos del Instituto Centroamericano de Extensión de la Cultura (Icecu), en respuesta a una consulta de un niño de Alajuela, hecha el año pasado.

“El origen de esta figurita no es del todo claro”, apuntan los investigadores del Icecu.

“Algunas personas dicen que puede estar relacionada con el famoso Niño de la Espina, que era una figurita que hacían hace miles de años, los escultores de Grecia (que es un país de Europa). En nuestro país existía la creencia de que la Nigüenta traía buena suerte, especialmente si alguien nos la había regalado, y era muy corriente ver una de esas figuritas en bulto o en un cuadro, adornando las salas de las casas. Algunas de esas figuritas tenían en la base el número 13, un trébol de cuatro hojas y una herradura. Todos esos son símbolos que la gente que cree en esas cosas relaciona con la buena suerte”.

Esa es la historia oficial, la que todo el mundo maneja a grandes rasgos. Pero ya se sabe que detrás de toda mujer famosa, y la Nigüenta lo es, siempre hay un secreto que no ha sido contado.

 Sola contra el mundo

Entre el Mercado Central de San José y la Biblioteca Carlos Monge Alfaro, de la Universidad de Costa Rica, se dibuja y diluye, en un borroso vaivén, la vida de la Nigüenta.

Como es de suponer, en el mercado su existencia es mucho más materialista que en ningnún otro recinto: allí, es una mujer-objeto.

“Es un producto que sale mucho”, asegura Johnny Castro, del tramo La Moderna quien, tras una vidriera atiborrada de santos y otras divinidades, ofrece muñequitas de varios tamaños y colores. “La compra mucha gente de campo, gente sencilla. Es para personas con creencias del tiempo de antes, que creen que tener una Nigüenta en la casa trae buena suerte”.

–¿Y usted tiene una?

–Yo no: aquí tengo muchas. La buena suerte mía es vivir solo– dice, con orgullo de solterón.

Y continúa. “Muchos me preguntan para qué es y la mayoría siempre que la ve, exclama: ¡Mirá, como la que tenía mi abuelita! o ¡Mirá, mi mamá tenía una igual en la sala de la casa!

Ni el tamaño ni el color de la piel varían un ápice los poderes atribuidos a la Nigüenta pero, según don Johnny, la blanca es la que más se vende. “Además, la mayoría la compra para regalarla. La creencia es que la buena suerte es que sea regalada”.

Algunas de sus observaciones coinciden con la versión de la antropóloga Guiselle Chang, quien asegura que la Nigüenta es tan importante para el campesinado costarricense que incluso tiene una oración ( ver recuadro ).

“Hay Nigüentas con diferenetes fenotipos y es propia de las poblaciones mestizas, no de las indígenas ni afrocostarricenses”, afirma Chang. “Las hay negras y blancas, de pelo negro, rojo, rubio y café”.

Mientras tanto, la muñequita se pasea por todo el territorio nacional. Incluso se sabe de sus viajes a Nicaragua, El Salvador, Panamá y Colombia, pero ni siquiera su carrera internacional le ha valido una monografía o reseña académica en el Centro de Investigación en Identidad y Cultura Latinoamericana (Ciicla), de la UCR, según lo dicho por la investigadora Eugenia Zavaleta, y confirmado por Elvia Ramírez, también del Ciicla: “He revisado en nuestras bases de datos y no me aparece nada sobre las Nigüentas. Revisé también en el sistema de bibliotecas de la universidad y tampoco encuentro”.

Lucía Jiménez, bibliotecóloga de la Carlos Monge, confirmó que la presencia protagónica de la Nigüenta en algún tomo de las bibliotecas universitarias no es más que un mito. Sin embargo, al menos aparece citada con consideración en el libro Costa Rica y su folklore , de Evangelina Quesada Blanco de Núñez (1893-1970).

También la encontramos incluida en un cuadernillo de la Coordinación Educativa y Cultural Centroamericana (de la Unesco), de 1999, titulado Nuestra Cosmovisión: Creencias, prácticas y rituales - Serie Culturas Populares Centroamericanas .

Secreta a fuerza de indiferencia general, su biografía ha sido medio escrita, medio investigada, medio confirmada.

Quienes creen en sus favores no necesitan saber nada más. Quienes viven de ella quizá conocen los secretos del yeso y su fabricación en serie. Y quienes estudian las tradiciones populares, y la han visto en apacibles rincones rodeadas de velitas encedidas, tampoco han perdido el sueño por conocer cuándo y cómo fue que empezó todo.

 Bicho casero

Cuando una Nigüenta entra a una casa es cuando realmente empieza a vivir. Ya fuera sobre el televisor –como afirma el artista Miguel Casafont que era la costumbre– o bien cerca de un Corazón de Jesús, una imagen de María o algún santo principal –como asegura Dionisio Cabal– la Nigüenta fue acreditada por la costumbre para realizar diversidad de favores. El amor, el dinero, la salud y todos sus derivados de fortuna y prosperidad son parte de su agenda diaria.

“La idea es que proteja a los habitantes de la casa y en especial a los niños. Con el tiempo, se fue olvidando la clave de su función mágico-religiosa y se tiene como adorno para la buena suerte , así sin más”, asegura Cabal.

“Había otra costumbre que era amarrarle cintas rojas entre la colochera y en el cuello, para el amor”, dice el conocido hombre de teatro e investigador, José María Milo Junco. “Cintas amarrillas para el dinero, blancas para que se vaya un vecino no deseado, y azul para las enfermedades. Cuando usted se cura, coge la cinta y la quema”.

Junco habla de la Nigüenta como si se tratara de una prima segunda. “Antes de los años 60, la Nigüenta existe en Costa Rica solo en estampas. Eran estampitas de mil cosas que venían de Alemania y Suiza. Lógicamente, esa es una devoción al margen de la verdadera fe. Yo he visto gente en Puntarenas velando a la Nigüenta como si fuera el Sagrado Corazón o la Virgen de Fátima. El tico es muy supersticioso”.

“Ella es un amuleto”, continúa. “Por razones que ignoro, sé que sí le ha dado resultado a mucha gente. En todas las casas de citas y en los bares se adecuó un espacio para ellas. La gente empezó a pensar que la Nigüenta era de verdad algo prodigioso, siendo solo una niña que está al lado de un río viéndose el dedito gordo”.

Y es en este punto donde las historias se bifurcan. De todas las versiones podría hacerse una.

 Algunos hechos

Jorge Lens Molina, de 57 años, fabrica actualmente unas 20 nigüentas por semana, las cuales distribuye en el Mercado Central de San José, a chinameros de Cartago, San Ramón, Heredia y alrededores.

Es un trabajo que, según dice, conoce desde finales de los años 60, y que desarrolló primero en Guatemala y después en su taller, en Desamparados.

“Era un chiquillo pero tenía habilidad en eso. Viví un año en Guatemala, donde trabajé en una fábrica de imágenes. Allá se hacían nigüentas que le vendíamos a Costa Rica. Me vine para acá y me puse a trabajar en imágenes religiosas. Antes se vendían muchos adornos de yeso: gatos, perros, patos... Se fue dando una transformación hasta que dejé de hacer adornos y me dediqué solo a las imágenes”.

Don Jorge asegura que comenzó a hacer nigüentas con el modelo guatemalteco y que solo se atrevió a modificarle “algunas cositas”.

“Les puse un poquito de gracia y así se ha continuado la tradición”, dice. “La Nigüenta es una figura que no puede cambiar. Es una imagen legendaria que siempre viene sentada con la patita cruzada. Es un producto barato y se hace con yeso. El molde es de hule y yo lo hago. Se chorrea de yeso, se seca y se pinta. Yo hago solo de dos tamaños: 20 y 40 centímetros. Es muy artesanal, nada extraordinario. ¿Firmarlas? ¡Sería como firmar un Divino Niño! ¿Quién va a firmarlo? Si es una copia sobre copia sobre copia...”

 El secreto

Max Ulloa heredó de su padre, Francisco Ulloa Báez, el amor por la escultura. No es un amor inexplicable: don Max (hoy de casi 60 años) pasó gran parte de su infancia y adolescencia metido en los talleres de Industrias Artísticas Ulloa, en Moravia, la empresa paterna de imaginería religiosa y otras obras de valor artístico que daba de comer a la familia, gracias a las precoces dotes del progenitor.

Ulloa Báez, quien fuera un reconocido artista nacional, escultor y pintor, maestro imaginero y alumno de Tomás Povedano, fue declarado “Hijo Predilecto del Cantón de Moravia” en setiembre del 2007, cinco años después de su muerte.

Pese al fallecimiento del “artista mayor”, don Max, el heredero, guarda muy bien en su memoria la historia de la Nigüenta, la relación que esta guarda con su papá y cómo llegó a fabricarlas.

“El cuento es muy sencillo”, asegura don Max. “Había un señor amigo de mi papá cuyo nombre no recuerdo pero sí el apellido, el señor Caravajías, que tenía un tramo en el Mercado Central.

“Él traía estampas de Europa, de esas que se usaban en esa época para adornar las casas, con motivos religiosos pero también con paisajes, flores y otras figuras. Una vez, le llegaron un montón de estampas de la Nigüenta, que no se llamaba así”.

“Fue un error del proveedor, que le mandó unas estampitas de una niñita, sin ningún significado. Como él no sabía qué hacer con eso fue y le preguntó a mi papá y ahí se les ocurrió lo de la Nigüenta de la Suerte”.

–¿Quiere decir que fue una ocurrencia para venderlas?

–Eso se lo inventó mi papá con el señor Caravajías, como a mediados de los años 50. Se pusieron a ofrecer esa cuestión como la Nigüenta de la Suerte y se vendió como pan caliente. Fue tal el éxito que mi papá comenzó a hacer figuritas tridimensionales de la Nigüenta, en yeso. Él modeló la figura a partir de la estampa, y fue él quien agregó la herradura, el trébol y el 13. La gente la usaba como amuleto. El fetichismo de un pueblo es muy grande y la gente termina dándole utilidades a las cosas que uno ni siquiera se puede imaginar.

“Fue así como nació el cuento. Durante años se fabricaron por miles. Incluso hubo variaciones. Se pintaban con la piel más morena y se vendían en Panamá. Fue todo un boom que incluso llegó a Nicaragua y otras partes. Recuerdo que de Panamá se llevaban cajas de cajas de cajas: eran nigüentas de todos los tamaños. Como dicen por ahí, no hay nada oculto entre cielo y tierra”.

Con algunas diferencias, el relato de Milo Junco coincide con el de don Max Ulloa, pues durante muchísimos años, el virtuosismo del primero para pintar imágenes a mano fue requerido en los talleres de don Francisco.

“Aquí es así”, sentencia Milo . “Imaginate que en los años 60 y 70 se inventó una devoción que se llamaba ‘El manto de San José’. El santo de la catedral tenía la terrible diligencia de que su manto era de terciopelo bordado en oro y la gente llegaba tijera en mano y le arrancaba los pedazos. El santo quedó casi en bikini . Fue un escándalo, un escándalo”.

FOTOS

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Alejandro Sandino

Jorge Lens trabaja en su taller, en Desamparados.

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Alejandro Sandino

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Jose Díaz

El molde original de la primera Nigüenta, hecho por el escultor e imaginero Francisco Ulloa Báez, es guardado celosamente por su hija Ivette. El escultor bien podría ser el creador del mito popular.

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Jose Díaz

Francisco Ulloa Báez en su taller de esculturas e imágenes religiosas en Moravia. Falleció en el 2002.

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Espinas, niguas y otros bichos históricos

Malversación de niguas

Aquella es una niña regordeta, colocha y ensimismada que parece sacada de un potrero de Turrialba. Según la tradición popular costarricense, la chiquilla está sentada sobre el zacate, desnuda y descalza, mientras se saca unas niguas del pie. ¿Niguas? Sí, esos insectos tropicales parecidos a las pulgas, pero mucho más pequeños y de trompa más larga, cuyas hembras fecundadas “penetran bajo la piel de los animales y del hombre, principalmente en los pies, y allí depositan la cría, que ocasiona mucha picazón y úlceras graves”, según anota el Diccionario de la Real Academia de la Lengua. El otro, por el contrario, es un torneado adolescente en actitud adolescente, es decir, despreocupado y absorto. El terso varón comparte con la niña la misma laboriosidad (el mismo silencio, similar concentración), solo que este lucha por sacarse una espina del pie. El Espinario o Niño de la Espina, como se conoce a este jovencito, aventaja a nuestra Nigüenta por varios siglos pues se trata de una escultura griega del período helenístico, es decir, del siglo I a.C, cuando los escultores griegos hacían su trabajo con bronces relucientes y querían a toda costa dotar de rasgos particulares a sus esculturas, es decir, de identidad. Como explican las enciclopedias, con la conquista de Oriente por Alejandro Magno, los artistas cuestionaron el canon clásico del arte griego y comenzaron a elegir como modelos para sus obras otras tipologías étnicas, como persas o indias, así como estados físicos diferentes (ancianos, enfermos o individuos con deformidades). Solo porque el retrato cobra una importancia relevante en esa época es que se entiende la aparición de El Espinario, cuya actitud intrascendente y cotidiana parece una apología de la nimiedad, lejos de la épica y el heroísmo dominantes. A su vez, los artistas romanos, atraídos por el estilo de la escultura griega, copiaron en mármoles numerosas obras, adaptándolas a sus propios criterios estéticos. Así, existen copias romanas de El Espinario en los museos de Berlín, Louvre y Británico. El famoso bronce helenístico original, que bien podría ser el antecedente más claro de nuestra malversada Nigüenta, está en los Museos Capitolinos de Roma, el museo público más antiguo del mundo.

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