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Costa Rica, Domingo 6 de diciembre de 2009

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Escultor

Jorge Jiménez Deredia

 Desde los 13 años, Jorge Jiménez Deredia le ha dedicado su vida a la escultura y a sus sueños. Se declara un loco enamorado de su arte; de hecho, esa es su principal prioridad en la vida y trabaja en ella unas 14 ó 15 horas. Este hombre de 55 años confiesa sus limitaciones con la vida cotidiana, su pasión por la ópera y la filosofía que lo impulsa a luchar constantemente.

Doriam Díaz | ddiaz@nacion.com

Loco.Así lo han llamado toda la vida: muchos con cariño, otros con admiración y algunos con incomprensión y un poco de envidia. A él parece no preocuparle que le digan así; de hecho, él mismo se considera un loco enamorado del arte.

En sus años de estudio en el Conservatorio Castella, fue el loco de las escaleras. Ya para entonces, esta institución se había convertido en la verdadera casa de aquel joven herediano obsesionado por la escultura, y Arnoldo Herrera, el fundador del conservatorio, le había dado las llaves del centro educativo para que pudiera seguir trabajando cuando quisiera.

El espacio debajo de las escaleras del teatro se convirtió en su taller improvisado; allí pasaba horas de horas luchando con tucas y piedras hasta lograr esculpir sus primeros sueños; allí ponía unos periódicos y dormía; allí lo buscaban Herrera y sus profesores para asegurarse de que había comido y que no se había muerto; allí trabajaba ajeno al mundo, incluso a las muchachitas que se enamoraban de aquel bicho extraño.

Aquel loco de las escaleras es el mismo loco que soñó con exponer en los espacios públicos y sitios arqueológicos de la Ciudad Eterna, la impresionante capital italiana en donde el arte con varios siglos de creación se encuentra a la vuelta de cualquier esquina; el mismo loco que deseó que sus esculturas contemporáneas inspiradas en los símbolos de las culturas indígenas del continente americano fueran vistas por miles de personas al día y les entregaran un mensaje de paz.

Este loco es Jorge Jiménez Deredia, quien en el 2009 se convirtió en el primer artista del mundo en exponer su obra en el Foro Romano.

Su gran exhibición fue la conclusión de seis años de trabajo sin descanso, ni días libres, ni fines de semana no solo para él, sino también para su familia, su inseparable esposa Giselle Zamora y su querido hijo Esteban Jiménez.

“Este no fue un esfuerzo que podía hacer solo; fue un esfuerzo en familia, con Giselle y Esteban, quienes lucharon conmigo por realizar estos ideales. Cada uno encontró una posición en estos sueños que no chocan: yo hago mis esculturas; ellos organizan las exposiciones, tienen los contactos internacionales, contestan los miles de correos que nos llegan de todas partes del mundo. Es decir, es un trabajo de grupo porque ha sido un sueño colectivo que hemos tenido en nuestra casa”, recalca el hombre de 55 años.

Después de la apertura de la exposición, la atención constante de la prensa y el contacto permanente con las autoridades oficiales de Roma y de Italia, Jiménez Deredia y su familia cayeron en una especie de vacío, un momento difícil en el que no sabían si reír o llorar y en el que no estaban la adrenalina ni la convicción de construir un proyecto tan grande e importante que los acompañó por tantos meses. Sin embargo, las miles de personas que les escribieron impresionadas con su trabajo los ayudaron a salir adelante y la familia de Jiménez Deredia volvió a la normalidad.

¿Valió la pena tanto esfuerzo, trabajo, dinero invertido en materiales, tantos años sin vacaciones, tantos kilómetros –unos 80.000– recorridos entre Castelnuovo Magra y Roma? “Sí y si lo tuviéramos que hacer de nuevo, lo haríamos. En la vida, yo haría todo lo que hice porque son pasos que tenía que dar”, asegura.

En setiembre, esta familia se tomó unas vacaciones y cumplió un viaje anhelado y postergado por 20 años: Grecia. Fue todo un encuentro con la cultura clásica y sus valores humanistas, afirma él.

Sin embargo, este año le dejó a este artista más que una gran exposición histórica, mucha fama y un viaje impresionante: le dejó la certeza de que en la vida hay que luchar por los sueños.

“Nos hemos dado cuenta de que vale la pena luchar por los sueños. Siempre le digo a nuestra familia que no nos merecemos tanto, pero la vida nos ha regalado mucho y nos ha regalado tanto porque hemos sabido luchar por nuestros ideales, porque hemos creído y no hemos abandonado nuestra lucha”, dice.

Él está convencido de que la vida no es ingrata; lo importante es luchar, esperar respuestas y la vida responde.

Y como para Jiménez Deredia no hay división entre vida, trabajo y arte; ya comenzó a moldear sus nuevos sueños. Se acaba de embarcar en la tarea de crear la escenografía y el vestuario para la ópera Turandot , de Giaccomo Puccini, y en una gran exposición de obra monumental en los alrededores del Teatro Puccini y del aeropuerto de Pisa.

El artista sabe que hacer este trabajo para una ópera clásica es todo un desafío y lo asume de buena gana. Más aún: sabe qué apuesta hará: será una Turandot nueva con un poco de Costa Rica en ella.

Será la primera vez que él haga toda la escenografía y vestuario para un montaje de una ópera. Sin embargo, la ópera es una de sus grandes pasiones.

En su taller y a todo volumen, siempre escucha ópera. Su gusto por la lírica es tal que su esposa cuenta que, en varias ocasiones, ha tenido que decirle que por favor apague aquella música, ya que es la tercera o cuarta vez que Mimí muere y Rodolfo grita desesperado su nombre en el cuarto acto de La Bohème –la más célebre ópera de Puccini–; Jiménez Deredia lo acepta entre risas.

¿Acaso es gusto por el drama? “No, sino por la exaltación de las pasiones… La lírica es una especie de droga natural, que lo lleva a uno hasta un alto nivel”, comenta. Si bien su favorita es la ópera italiana, en especial la creada por Puccini, escucha algo de ópera francesa y no tiene empacho en decir que la alemana no lo apasiona. Tanto escuchar ópera, y tan fuerte, lo ha dejado medio sordo, confiesa.

Lo cotidiano, una tortura

En Jiménez Deredia sobra la pasión por la escultura, por los sueños, por la ópera; sobra la perseverancia y la constancia, sobra el trabajo incansable durante 15 horas seguidas. Mas a este hacedor le falta el darle importancia a la vida cotidiana. Tras pensarlo unos minutos, esta nueva revelación la hizo su esposa y el artista lo acepta sin quejas: “Es cierto, lucho tanto por lo que quiero que castigo el cuerpo y la vida diaria”.

Para el escultor, ir a comprar unos zapatos o una camisa es una tortura, y entrar cinco minutos al supermercado representa todo un dolor de cabeza.

Además, Jiménez Deredia nunca descansa: duerme porque el cuerpo lo obliga, pero él no tiene, ni quiere, ni disfruta el tiempo libre o las vacaciones.

Que si lo sabrá Giselle, quien lleva 34 años de casada con él; por supuesto, esto ha generado algunos momentos difíciles en el hogar. Con buen humor, Jiménez Deredia recuerda una protesta pacífica de su esposa, allá por 1976: “Cuando llegué a la casa, había rótulos por todas partes que decían: ‘Necesitamos tiempo libre’”. Giselle confiesa que con aquella huelga ganó que su marido se diera cuenta del problema.

A Giselle le quedó muy claro que el arte siempre estaría en primer lugar en la vida de su amado Jorge, desde que comenzaron como novios. Ella siempre soñó que su príncipe azul la llevaría al Teatro Nacional y Jiménez Deredia la acercó a su sueño en 1973: “Cuando salimos no me invitó al Teatro Nacional, pero sí al Museo Nacional. Ese era el hombre que yo anhelaba”. El ahora esposo cuenta que, en esa cita, le habló de lo importante de las esferas de piedra precolombinas y la visión de mundo que representaban, así como de sus sueños artísticos inspirados en estos símbolos. “Estaba advertida”, le dice a ella bromeando.

Aún así en la vida en familia, se ha destacado por ser un cariñoso esposo y padre; de hecho, Esteban, su hijo de 31 años, se crió alrededor del taller.

Giselle lo ha seguido y apoyado en sus aventuras, aunque algunas le han deparado tiempos muy difíciles. Con apenas una beca de $200 y muchos sueños, viajaron a Italia y se radicaron en 1976 en Castelnuovo Magra, que queda cerca de Carrara, donde se sacan los mármoles blanco en que se han esculpido algunas grandes obras de la humanidad.

Jiménez Deredia estudiaba arquitectura en Florencia y trabajaba en escultura en su casa. Pronto empezó a vender sus trabajos; sin embargo, su filosofía en ese entonces era usar un 20% de lo que ganara para vivir y un 80% para invertirlo en el arte (fundir bronces, comprar materiales y otras necesidades). “El hombre verdaderamente rico lucha por sus ideales y paga cualquier precio por ellos… Yo le decía a Giselle: ‘Aguante, debe tener fe en mí’”, recuerda el escultor.

Fueron tiempos en que compraban frijoles blancos, porque eran baratos y rendían mucho, y los preparaban con chayotes –en Italia nadie se los comía– que les regalaba una vecina; así, el matrimonio y su hijo pequeño desayunaban un poco de pan con pasta de frijol y almorzaban y cenaban aquel platillo. A veces, el menú cambiaba a corazones de gallina –que también era muy baratos– con papa y repollo. “Estábamos dispuestos a todo por nuestro sueño”, insiste Jiménez Deredia.

La familia aguantó, perseveró y ahora vive de los frutos de aquellos sacrificios, ya que el artista incorporó los conocimientos que adquirió al estudiar arquitectura –carrera que no terminó, para dedicarse de lleno a la escultura– y eso ha sido fundamental para la obra que desarrolla.

No cabe duda de que Jiménez Deredia es un luchador incansable, pero no se le debe confundir con una persona confrontativa. Desde su niñez se refugiaba en su soledad y en el mundo fantástico que creó en el cafetal frente a su casa en Heredia. Así escapaba de los problemas de una familia grande con un padre afectado por la polio. Durante años, llegaba de la escuela Joaquín Lizano y le ayudaba a su padre a caminar; allí dejaba de ser niño y se dedicaba a lazarillo.

Su origen humilde y una vida recorrida sorteando muchas dificultades lo han hecho realista y modesto, tanto que piensa que no tiene mucho talento. “Debo reconocer que soy una persona con muchos límites, no tengo gran talento, lo que tengo es gran constancia, y eso que poseo trato de desarrollarlo al máximo”, afirma.

El escultor imparable, artista amante de la lírica, esposo y padre cariñoso, con poca tolerancia para ciertos detalles de la vida cotidiana, trabajador que se levanta a las 4 a. m. y cae dormido a las 8 p. m. son algunas de las diversas facetas de ese loco que, con sus proyectos artísticos, también ha puesto a soñar a un país.

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Un costarricense conquistó a Roma

El 22 de junio, Jorge Jiménez Deredia, escultor costarricense radicado en Italia, hizo historia al inaugurar Deredia a Roma , gran exposición de 60 obras monumentales en los sitios arqueológicos, museos y plazas de la capital italiana. Por primera vez, un artista contemporáneo expuso en el Foro Romano, el más importante sitio arqueológico y patrimonial de la capital italiana. Además, nunca antes un costarricense había hecho una muestra de estas dimensiones que requirió de seis años de preparación, trámites burocráticos y trabajo en esculturas, así como un cuidadoso montaje que duró dos meses e involucró 600 toneladas de mármol, maquinaria pesada y mucha tensión. De junio a diciembre, sus conjuntos de esculturas monumentales, que forman su proyecto La ruta de la paz, y sus enormes piezas de mujeres que emergen de una esfera fueron observadas por una cifra de entre 15.000 y 25.000 personas diarias.

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