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Costa Rica, Domingo 6 de diciembre de 2009

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Ministra de Salud

María Luisa Ávila

 Con la franqueza y firmeza que la caracterizan, la ministra de Salud repasa su experiencia como líder de la estrategia para enfrentar la pandemia de gripe AH1N1. Admite que una de las decisiones más difíciles que debió tomar fue cancelar la romería

Andrea Solano B. | ansolano@nacion.com

Bien conocidaes su faceta de talentosa chef y lo mucho que disfruta de las ocasiones en que puede abrir las puertas de su casa para ser la anfitriona. De hecho, cuando le consultamos a María Luisa Ávila Agüero a quién invitaría gustosa a su mesa, respondió que prepararía una cena para Albert Einstein, Marie Curie, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Claude Monet, Vincent van Gogh, Winston Churchill y Eleanor Roosevelt.

Hasta parece haberse imaginado la escena: ilustres hombres y mujeres de ciencia, filosofía, artes y política, sentados con ella, degustando los platillos de esta buena cocinera y excelente conversadora.

Pero durante el 2009, fue otro el huésped al que la Ministra de Salud debió dedicarse con esmero; uno mucho más incómodo. Nadie lo invitó, pero su arribo se hizo inminente en abril pasado: el virus de la gripe AH1N1.

Decidida, esta mujer se puso la camiseta –o, mejor dicho, la gabacha– para hacer frente desde todos los flancos a la temida pandemia que, hasta finales de noviembre, había cobrado la vida de 4.500 personas en el continente americano; cuatro decenas de estas, en Costa Rica.

“Nosotros ya sabíamos que la influenza venía. El reloj de la pandemia hace tic-tac pero no marca la hora. Con esto quiero decir que no nos tomó por sorpresa la pandemia, sino el momento en que apareció”, afirma con firmeza.

En su memoria está fresco el recuerdo de aquel viernes 24 de abril en que trascendió la aparición de la pandemia en México. “Estaba en el auditorio de Derecho de la Universidad de Costa Rica participando en una conferencia sobre tabaquismo que dictaba el presidente de Uruguay, Tabaré Vázquez. Mi celular no paraba de sonar, pero no podía atenderlo para no interrumpir la exposición. Como nada ocurre por casualidad, resulta que la Directora General de Salud, la doctora Rossana García, estaba en México; había sido invitada a impartir unas charlas. Ella canceló esos compromisos y funcionó como enlace en ese momento tan crítico”.

A la cabeza del Ministerio de Salud, Ávila coordinó (y sigue coordinando) una estrategia integral de prevención, control y mitigación de dicha enfermedad en nuestro país.

El enemigo era fuerte, pero no invencible. Quince días antes de conocer la situación en México, Costa Rica había realizado un simulacro de pandemia con muy buenos resultados. “No empezamos de cero, pues en varios países, incluyendo este, se venía desarrollando un plan para hacerle frente a la influenza aviar. La AH1N1 nos sorprendió por ser un virus desconocido y con el riesgo de recombinarse”, explica Ávila.

Enfrentar la pandemia como jerarca del Ministerio de Salud fue una oportunidad para medirse como política, función que nunca antes había ejercido. “Hay una diferencia entre política y politiquería. Creo que un político es una persona a la que se le da una oportunidad de oro para desarrollar acciones positivas. Ahora soy mucho más política que hace tres años y medio, cuando asumí el Ministerio, pero lo que pasa es que no siento el cambio porque yo sigo siendo la misma persona”, afirma esta médica con especialidad en infectología pediátrica.

Es de sus pequeños pacientes del Hospital de Niños de quienes más lecciones ha aprendido para la vida. “Los adultos nunca deberíamos olvidar al niño que llevamos dentro, porque nos volvemos amargados y con un doble discurso. Los chiquitos son transparentes; si te quieren, te lo dicen y tienen una capacidad de asombro impresionante que los impulsa a salir adelante en la adversidad. Ellos le encuentran el sentido a la vida en las cosas más simples”. Sus palabras destilan una ternura maternal que resulta peculiar en una mujer que no tiene hijos.

“La vida no me dio hijos, pero me regaló un amor ilimitado por los niños y un montón de sobrinos, ahijados y pacientes a los que chineo y cuido. Me divierto con ellos: si tengo que tirarme al piso a jugar, lo hago”, dice en tono despreocupado.

En los estantes de su despacho, se cuelan portarretratos con fotos de “sus chiquitos”. Bastó con mirarlos para que brotaran anécdotas dulces y amargas. “Me involucro tanto que cuando están felices, río con ellos, y cuando se enferman, sufro”. Y cada historia envuelve una enseñanza. “Ese que ve ahí es Romario. Lo atacó una bacteria llamada meningococo y hubo que amputarle las piernas, un brazo y parte de sus manos. Pero él es un niño feliz a pesar de su condición. En una Navidad pidió una bicicleta que mi colega Rolando Ulloa y yo le regalamos, pues su familia es muy pobre. Ahora disfruta de su bicicleta con todo y su prótesis. Por eso le digo que los adultos deberíamos aprender más de los niños”.

Prohibición histórica

Cuatro días después de conocer la proliferación de la pandemia en México, el presidente Óscar Arias y Ávila firmaron un decreto de emergencia sanitaria.

La medida presidencial le permitió a la Ministra tomar decisiones drásticas. La primera de ellas, prolongar una semana más las vacaciones de medio año para prevenir la transmisión del virus entre niños y jóvenes.

Y una acción más que generó mucha polémica. Incluso, provocó el malestar de algunas autoridades de la Iglesia Católica y de muchos feligreses: la suspensión de la romería a Cartago del 2 de agosto.

“Cuando leí el titular en La Nación de que, por primera vez en 227 años, se cancelaba esa peregrinación, sinceramente me sentí mal y dije: ‘Dios mío, ojalá que esta haya sido la decisión correcta”, recuerda. Ávila.

Con la romería, la amenaza estaba servida: la más numerosa congregación de fieles católicos se perfilaba como un riesgo enorme para la salud pública que ni siquiera un milagro de La Negrita podría frenar. ¿Cómo recibirían las autoridades eclesiásticas y los miles de devotos católicos la noticia de que la romería debía suspenderse?

Aunque nació y creció en una familia católica, en esta etapa de su vida, a sus 47 años, la ministra prefiere definirse solo como deísta, es decir, creyente en Dios. “Cuando tengo que participar en algunos rituales de la Iglesia Católica lo hago con la firme convicción de que Dios sí existe”.

La Ministra que suspendió la romería nunca ha participado en ella, ni tampoco le ha pedido favores a La Negrita. “Dios sabe lo que cada quien necesita y si merece que se lo dé. Creo que si en algún momento de mi vida me tocara enfrentar una gran tribulación, no dudaría en buscar la ayuda de la Virgen de los Ángeles”.

Ávila reconoce que esa asistencia divina estuvo presente a la hora de analizar todas las variables que entraban en juego para tomar la compleja decisión.

La Negrita no se enojó porque se canceló la romería. Al contrario, nos llenó de bendiciones en el manejo de la pandemia para evitar que sus consecuencias en Costa Rica fueran devastadoras”.

Y es que, según sus estimaciones, de los dos millones de personas que participarían en la romería, el 1% corría el riesgo de infectarse; es decir, 20.000 personas se habrían contagiado al mismo tiempo, lo cual hubiera conducido a un colapso en los servicios de salud.

Los romeros integraban un vasto grupo altamente vulnerable al contagio. “Muchos llegan enfermos pues están cumpliendo una promesa para curarse; la caminata implica un esfuerzo físico mayor que mucha gente no está acostumbrada a hacer. Además, las personas llegan cansadas, deshidratadas, y deben exponerse a un clima inclemente, como el frío que hay a la altura del Ochomogo. Si estas personas se hubieran enfermado, más gente se habría contagiado. No podíamos correr ese riesgo”, fue el razonamiento que la ministra defendió a capa y espada.

A pesar de que tuvo el respaldo del presidente Arias y de que expuso a la opinión pública las razones de la suspensión, las críticas no se hicieron esperar.

Abundaron los reclamos porque no se metió mano en otros eventos masivos como partidos de futbol y conciertos. Ella, sin rodeos, argumenta: “A un estadio raramente llegan 20.000 personas; si de 20.000 se infecta el 1%, que serían 200, y hubiera que darle atención a 200 pacientes, eso no sería mayor problema pues es una cifra manejable. El día que lleguen dos millones de costarricenses a un estadio y solo 20.000 a una romería, pues ese día lo que se suspenderá será el partido”.

Siempre adelante

Ávila mira hacia este 2009 a punto de apagarse y dice que lo recordará como “un año de grandes retos y enorme aprendizaje”. A cinco meses de finalizar su gestión en el Ministerio, sabe que cuenta con su plaza en el Hospital Nacional de Niños. Es su única certeza en relación con el futuro y por eso, afirma, allí se presentará el lunes 10 de mayo a las 7 de la mañana.

La idea de trabajar con sus pacientes le ilumina el rostro. No obstante, reconoce que también ha considerado la posibilidad de continuar a la cabeza de la cartera de Salud. “Nunca me he arrepentido de haber aceptado este puesto. Ha sido un trabajo intenso, pero he crecido mucho como persona. He podido ver la vida, los problemas sociales y la medicina misma desde una perspectiva más amplia”.

Lo de “seria y enojona” es una leyenda urbana que su imagen frente a las cámaras ayuda a perpetuar, pero esta percepción se desvanece con una conversación en confianza. “Rara vez me ven de malas, lo que pasa es soy muy enfática en lo que digo y eso me hace ver como si estuviera brava. Me considero una persona absolutamente feliz”, confiesa.

Y así como la AH1N1 la llenó de desvelos, las vivencias cotidianas con sus amigos y seres queridos le iluminan la mirada y le arrancan carcajadas. Todavía sonriente, narró una anécdota que le sucedió con el hijo de una pareja de médicos amigos suyos: Julián, de 4 años.

–¡Te vendo un helado tía Luisi !

–Mmm… está bien Julián, dame uno de pistacho.

–Tome.

–Gracias, ¿cuánto te debo?

–Un billete… Y no te preocupés, tengo el permiso del Ministerio de Salud para vender helados.

–¿Ajá? ¿Y dónde lo conseguiste?

–En Multiplaza.

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Crear conciencia, mas no alarmar

E l 28 de abril del 2009, el Gobierno de Costa Rica decretó emergencia sanitaria luego de que se confirmaran los dos primeros casos de gripe AH1N1 en el país. La Organización Panamericana de la Salud reporta hasta finales de noviembre 190.765 casos confirmados por laboratorio, y 4.512 muertes, solo en las Américas. En Costa Rica, el virus ha afectado a unas 1.600 personas y 40 han fallecido. Justamente por la gravedad de la situación y el riesgo que implicaba una congregación masiva, la Ministra decidió suspender la romería del 1.° y 2 de agosto.

Siguiendo el lema de su gestión, “De la atención de la enfermedad, hacia la promoción de la salud”, Ávila centró el plan de prevención, control y mitigación de la gripe en crear conciencia en la población costarricense sobre la gravedad de la pandemia, sin llegar a generar pánico colectivo. Los ticos debieron aprender las medidas de higiene, como el lavado de manos y el protocolo para toser y estornudar.

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