REPORTAJE
 

San José, Costa Rica, del 15 al 22 de enero de 2006.

Silva y la tele: química pura

Convertido en un figurón de la pantalla chica, desde Buendía, El Chinamo o transmisiones especiales, el Flaco se ha vuelto un condimento vital en la tevé nacional.

Yuri Lorena Jiménez
yjimenez@nacion.com

Casi 15 años después de enfrentarse a una cámara de televisión por primera vez, ahí donde lo ve, todo serenidad y aplomo, Édgar Arturo Silva Loáiciga aún siente, a veces, antes de que se encienda la lucecita roja, que el corazón se le va a salir del pecho.
Tras acostumbrarnos a ese dominio absoluto de sí mismo que proyecta en cada transmisión –ya sea entrevistando a un enfermo terminal en Buendía o metido entre los toreros improvisados en un vacilón de fin de año– es casi una paradoja observarlo contar la anécdota algo acongojado, mientras se mesa los cabellos y esboza una sonrisa.
“ Claro que aún me pasa, ya casi nunca en Buendía porque…, qué te digo. Ahí yo me siento como en la cocina o en la sala de mi casa, son muchos años de vivir con eso de sentirme inmensamente a gusto con mi trabajo”, relata.
Y continúa: “Pero, por ejemplo, este año yo sabía las expectativas que había sobre El Chinamo, que cada año despierta más exigencias y más trabajo, y, al final, el responsable de que todo ese trabajo llegue a buen puerto soy yo. Unos minutos antes de entrar al aire en el primer programa fue inevitable la ansiedad y el nerviosismo… 'Puchis, qué tal que me la pele, que algo salga mal, de seguro me despedaza la crítica y, lo peor, es que todo el mundo está matándose trás las cámara para que esto salta perfecto'”.
Pero claro, gallo viejo y colmilludo, muy en su interior sabe que, al menos por su cuenta, a estas alturas ninguna transmisión se va a caer.
Sin embargo, tiene un agüisote sorprendente que, hasta la fecha, se ha convertido en su fórmula personal para tranquilizarse y retomar el estilo del Édgar Silva que siempre sabe qué hacer tras las cámaras: ¡se da una buena cepillada de dientes minutos antes de entrar al aire!
“¡ Preguntame por qué eso me ayuda! Ni yo lo sé, creo que, inconscientemente, siento que al tener la boca limpia y fresca no puede o no debe salir ninguna tontería, ¡yo qué sé!”, cuenta muerto de risa.
Entre Zapote, Palmares y su amado Buendía, Silva está ocupadísimo por estas fechas. No obstante, juega a su favor su organizada agenda. Así se las arregló para pasar una mañana en el INbio, en Santo Domingo de Heredia, donde él, la fotógrafa Eyleen Vargas y los chanchos y cabras de la granja del lugar se divirtieron a mares. Luego, en un café durante la tarde-noche de este lunes Silva, el entrevistador, se puso del otro lado y se dedicó a contestarle a Teleguía.
A sus casi 39 –los cumple el 27 de octubre, es Escorpión y de los bravos–, este liberiano hiperorgulloso de su origen rural sigue manteniendo la esencia que lo caracterizó desde sus inicios en televisión.
Sigue siendo sencillo, seguro de sí mismo, con el ego profesional –bien ganado– muy en alto, pero sin desbordarlo en lo absoluto.
Inevitable fue hablar de una palabra que a veces pesa pronunciar en un país tan pequeño: fama. Y es que, sin duda, entre los pocos personajes realmente famosos que destacan en Costa Rica, se encuentra Édgar Silva. Solo preguntémonos ¿quién no lo conoce?
Cruzar la congestionada calle frente a los tribunales de Goicoechea en hora pico junto a él no fue problema: literalmente, el tránsito se detuvo para darle paso, al tiempo que los choferes lo saludaban con sobria simpatía.
---¿Cómo se maneja esa sobreexposición en un país tan pequeño?

(Se encoge de hombros) –Mirá, como lo más normal. El que diga aquí que el afecto y el saludo de la gente lo importuna es un payaso. Hablar de fama en Costa Rica es complicado, pero claro que uno reconoce que es muy conocido. Yo ando tranquilo en todas partes. La única salvedad es que la gente me saluda, y las señoras, especialmente, me paran en los pasillos del súper para decirme cosas muy bonitas, que soy como de la familia, cosas así. ¿Cómo me va a molestar eso?

Casado con la cámara. En uno de los momentos clímax de su carrera y de su vida –frisar los 40 a menudo significa decisiones trascendentales– Édgar repasa en una hora lo que resumimos en un párrafo: los genes, las circunstancias –o lo que fuera– lo ubicaron en la profesión para la que parece haber nacido, porque a la pregunta de “¿a qué se habría dedicado de no haber sido periodista?”, la respuesta es contundente…, ¡periodista!.
Esto, a pesar de que sus hermanos mayores intervinieron para tratar de que el cumiche de la casa tomara conciencia de que iba rumbo a un oficio usualmente mal pagado, en el que muchos “se mueren de hambre” .
Por supuesto, Édgar metió cabeza. De paso, la anécdota nos pone en bandeja de plata una pregunta incómoda pero necesaria.
---Usted se ha convertido en una figura vértice en canal 7, máxime si tomamos en cuenta su protagonismo en el proyecto dorado de ese canal: es difícil imaginarse El Chinamo sin Édgar Silva. ¿Considera que está bien remunerado?
Para no variar, Édgar no se inmuta, pero sí reflexiona y esgrime cuidadosamente su respuesta: “Sss-s-sí. A estas alturas sí. No tengo ninguna queja. Igual nadie es imprescindible. En el pasado, por ejemplo, nadie se imaginaba unos festejos de fin de año sin Rodrigo Sánchez y Carmencita Granados. En este momento, no solo me siento valorado en lo económico, sino que los Picado (propietarios de Teletica) no tienen reparo para llamarme a su oficina y comentar mi trabajo. Eso no tiene precio para mí”.
Sobre sus metas a futuro, la posibilidad de trabajar fuera del país o de diversificar sus estudios con otra carrera, la posición de Silva va contracorriente si se toma en cuenta que el común denominador del profesional busca acumular títulos, dinero y, ojalá, un buen puesto en el extranjero. Pero él nada al ritmo de su propia corriente…, no importa qué piensen los demás.
“ Mi papá gringo (se refiere a su familia estadounidense que lo acogió durante un intercambio colegial con el AFS, 20 años atrás) siempre me dijo que hay gente que nace para acumular títulos y hay otra que no. Yo estoy entre los últimos. Prefiero afianzarme en lo mío en la práctica”.
Lejos de conformista, su posición suena a ubicación, especialmente cuando tiene muy bien definido el norte de su carrera, si Dios, asegura, no dispone otra cosa. “¿Qué cómo me veo en 10 años? Volvemos a lo mismo. Alguien podría pensar que debo aspirar a algo más que Buendía… pero yo amo ese programa”.
Tampoco se visualiza fuera de nuestras fronteras. “A mí, sinceramente, me encanta este país. Además, irme implicaría sacrificar tiempo que nunca voy a recuperar con mi familia, especialmente con mi mamá, que tiene poco más de 70 años y es de lo más importante en mi vida”, razona.
A raíz de su bien labrado éxito y de su pico de popularidad, se ha comentado que Silva está para más, por ejemplo, para asumir la dirección de un programa de entrevistas tipo talk show o bien un espacio de entretenimiento con megaconcursos, de alto nivel.
Sonríe con el comentario. “Mucha gente me habla de esas opciones”. Por primera vez, lo ponemos contra la pared y, por fin, suelta prenda.
---Si tuviera que escoger, sí o sí, entre un talk show o un de concursos, ¿qué elegiría?
Toma un poco de agua, y resuelve con toda la seguridad del mundo.
“ El de entrevistas. De hecho, si me preguntás cómo me veo en 10 años, me veo como un excelente entrevistador. El mejor”.


En privado

Édgar Arturo Silva Loáiciga está casado con Karla Montero. Por ahora no piensan tener hijos porque la prioridad es que ella termine su maestría.
Frente a las cámaras, una de las dificultades que enfrenta a menudo es controlar su sensibilidad que a menudo le provoca llanto en medio de situaciones de drama o emoción extremas, en especial cuando recuerda a su papá, quien falleció cuando él tenía 13 años.
Silva no se desvela por lo material. Su furor es viajar. Coma lo que coma, no engorda. Es amante del sushi, y no para de hablar de su adorada mamá, Lidia Loáiciga.


Galería de fotos
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Fotografías:
Eyleen Vargas

 

 

 

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