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Noche de luna púrpura


Gabriela Rodríguez
Para La Nación

El polvo de los zapatos y el frío de los rostros fueron cero inconveniente para aquellos seguidores del rock, que el pasado domingo se dieron cita en el Anfiteatro del Hotel Herradura para escuchar por primera --y muy probablemente, única-- vez, en vivo, al grupo británico Deep Purple.

Un concierto en donde no solo se mezclaron los temas clásicos de la agrupación con algo de sus más recientes producciones, sino también las edades de los asistentes. Gran cantidad de público fue el que escuchó en las emisoras de radio a Deep Purple y compró sus discos en la década de 1970, justo cuando sus piezas llegaban a los primeros lugares de popularidad en el género hard rock. Sus prominentes estómagos, pelo canoso o caído, sonrisa a flor de labios y una forma de bailar peculiar pero muy enérgica, los delataba.

Del otro lado se encontraban las nuevas generaciones, aquellos que han escuchado hablar de Deep Purple, conocen el estribillo de Smoke on the water o el bagaje de alguno de los músicos. Todos ellos pensaron: "Esto no se puede dejar pasar". Y creo que no se equivocaron.

El concierto inició con una hora de retraso, a eso de las 7:15 p. m. cuando los nacionales de Gandhi saltaron al escenario y calentaron los ánimos de un público ávido de música. El grupo se desenvolvió muy bien, y hasta lograron que varios corearan ciertas de sus canciones. Su participación duró media hora, y media hora más tomó arreglar el escenario para las estrellas de la noche.

De repente aparecieron las siluetas de cinco músicos tomando sus posiciones sobre la tarima. Ian Gillan, en la voz; Steve Morse, en la guitarra; Roger Glover en el bajo; Jon Lord en los teclados e Ian Paice, en la batería, abrieron el encuentro con la canción Hush, en medio de los gritos ensordecedores de sus admiradores y el ruido de los rótulos de lata que anunciaban la cerveza patrocinadora y que fueron colocados alrededor de la plaza.

"Gracias, muchas gracias", dijo el cantante luego de una de las piezas iniciales, con marcado acento inglés. Entre 3.000 y 3.500 personas, según cálculos de los organizadores, bailaron y aprendieron piezas como Into the Fire, Ted the Mechanic y Pictures At Home.

Luego vino uno de los primeros solos del reconocido guitarrista Morse, que creó una atmósfera especial.

Black Night, una de las primeras canciones que llevara a Deep Purple a la fama, fue una de las más coreadas de la noche, tanto por aquellos sentados en las graderías, como por los melenudos en frente de la tarima, que se encargaron de sacudir sus cabezas constantemente. También estuvieron clásicos como Woman From Tokyo, No One Came, y por supuesto la inigualable Smoke on the Water, que hizo que todo el lugar se estremeciera y cantara a coro bajo un cielo de luna nublado: "¡... a fire in the sky! (un fuego en el cielo)".

El grupo cerró con Speed King, donde pudimos ver que no sólo era el público el que gozaba con la música; también lo hacían -¡y de qué manera!- estos rockeros cincuentones: Ian Paice se dio gusto con su solo de batería, Jon Lord le aplaudía a un lado, Glover y Morse hacían coreografías con el bajo y la guitarra y Gillan le daba a las tumbas (que nunca oímos) y sacaba su armónica (que sí oímos) para tener una conversación con la guitarra.

A las 9:45 p. m. los músicos se despidieron y antes de que la euforia del público acabara con todas las vallas metálicas, los cinco volvieron a aparecer en escena para interpretar Perfect Strangers y Highway Star.

"¡You are fantastic, fantastic! (Ustedes son fantásticos)", dijo el vocalista al cierre del concierto, mientras sus compañeros tiraban al público púas, bolillos y hasta los parches de la batería.

"Fue grandioso, indescriptible, en verdad que había que venir", dijo un seguidor a la salida del concierto. A su casa se llevó el polvo, el frío de la noche, y también la felicidad y satisfacción de haber visto a quienes han sido sus ídolos desde hace 30 años, a Deep Purple, en una noche donde la luna se tornó púrpura.


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