San José, Costa Rica. Domingo 8 de diciembre, 2002







Prácticas sexto, noveno, undécimo /
Temarios y prácticas de pruebas de sexto grado


Compositora dulcita y aventada

Brunhilda de Portilla le puso letra y música a varios villancicos costarricenses que recorren Centroamérica desde hace años.


Camila Schumacher

Brunhilda de Portilla es tan típicamente costarricense como la dirección de su casa. Para llegar hasta donde ella vive hay que pasar un puente, seguir directo hasta un teléfono público, y virar hasta toparse un cañaveral de bambú. Ahí, en el jardín, ella espera siempre a quienes la visitan.

Puertas adentro de su casa, esta guanacasteca hace oficio, pinta cuadros, colecciona tiliches, escribe poesías y, según ella, las tararea.

Además:
  • De cerca
  • Pero realmente lo que hace es componer canciones de esas de las de antes, con amores de temporada, lunas liberianas y múltiples menciones al Niño Dios.

    La mayoría de las canciones que doña Brunhilda a compuesto son villancicos que han sido grabados y circulan de radio en radio, de coro en coro, por todo Centroamérica.

    De hecho, la Banda Nacional les dedicó este año el concierto de Navidad.

    "Así como muy religiosa yo no soy. Lo que sí he sido siempre es muy dependiente de Dios, por eso digo yo que no me cuesta nada escribirle tantas canciones", explica, y cuenta que ya son más de 40 los villancicos a los que les ha puesto la firma.

    La mitad de esas creaciones fueron grabadas en discos de acetato, luego reeditadas en casete, y parece que pronto serán digitalizadas para hacer con ellas algunos discos compactos.

    Y es que ni la música ni el carácter de doña Brunhilda pasan de moda: ella aprendió a usar la computadora después de haber cumplido los 70. Ahora, digita y archiva en disquetes sus cuentos y poemas, y se comunica por correo electrónico con su hija y sus nietos que viven en Alemania.

    No obstante, no todas las novedades son bien recibidas por esta mujer. Tanto así que no quiere saber nada sobre los derechos de autor: "Como voy a andar cobrando si lo que me interesa es que la gente cante y disfrute. Sé que mis villancicos son bien conocidos en Colombia y en otros países, y en está época del año los oigo bastante por la radio. Eso me encanta. Lo que me duele a veces es que la gente no sepa que son costarricenses porque a mí no es como decir mucha la gente que me conoce", expresa.

    Guanacasteca de sepa

    Doña Brunhilda es tan típicamente guanacasteca que sus padres nacieron en Nicaragua.

    "Ellos se vinieron muy jovencitos, como de 14. Luego mi padre regresó a León para sacar la carrera de abogado", recordó.

    José Ignacio Rodríguez –el papá de doña Brunhilda– era entonces un hombre de leyes, pero también se dedicaba a la fotografía, a la lectura –el nombre de su hija lo sacó de un libro de Pedro de Alarcón–, y a tocar la guitarra con su esposa y sus nueve hijos.


    "Yo voy escribiendo y voy cantando. Las cosas me salen juntas y como naturalmente".

    "En mi familia casi todos son artistas. No como decir grandes artistas, más bien como amantes del arte", señala doña Brunhilda, y le hecha a la infancia la culpa de su talento.

    "Desde pequeñita me ponía a hacer enredos con música y letras. Siempre estaba inventado algo, y como tenía un carácter muy dulcito, a todos les hacía mucha gracia", recuerda.

    Sin embargo, no fue hasta mucho tiempo después y bien lejos de su casa cuando doña Brunhilda tomó coraje para enseñar lo que escribía: "Cuando me vine a estudiar en la Escuela Normal tenía que viajar tres días desde Las Juntas hasta Heredia. Cogía caballo, lancha, tren y autobús, y el viaje como que me inspiraba. Entonces, le mostré a un profesor un poema que había escrito. Se llamaba Noches de ensueño, y a él le gustó tanto que lo ilustró y lo editó en un periódico".

    De ahí en adelante no se guardó nada, y unos años más tarde tocó las puertas de una casa disquera.

    "Llegué con unas canciones, la mayoría de amor y un villancico. Entonces, el que estaba encargado me preguntó si de casualidad no tenía yo más temas navideños porque eso era lo que le interesaba grabar. Yo, de aventada, le dije que sí tenía, aunque, por supuesto, no era cierto. La misma tarde a la salida de la reunión escribí de corrido los 11 que hacían falta para el disco".

    Un coro de niños acompañó a Brunhilda en el estudio de grabación, y cuatro años después produjeron 19 villancicos nuevos para el segundo disco.

    Otras tonadas

    Mientras todo esto ocurría, Portilla seguía siendo la niña Brunhilda. Ella dio clases en las escuelas de Guadalupe, Sabanilla y Desamparados, y aunque le tocaba enseñar matemáticas, historia, español y ciencias, siempre sacaba ratos para armar coros con sus alumnos, para darles clases de artes plásticas, y hasta de educación física.

    "Ya para cuando grabé los villancicos tenía hasta nietos, pero siempre fui maestra. Aún ahora que ya estoy pensionada sigo enseñándole a quien pueda las cosas que sé", cuenta, y sin embargo lamenta que sus otras pasiones le quiten tiempo para escribir.

    "A veces me gustaría pensionarme también de cocinar y de hacer oficio. Así podría escribir todo lo que quiero. También me pondría a pintar", añora.

    Y es que doña Brunhilda también pinta paisajes y entre el montón de artículos que cuelgan de las paredes de su casa se adivinan algunos de sus cuadros. Lo que cuesta encontrar entre todo, aunque resulte difícil de creer, son adornos navideños.

    "Casi no pongo nada, menos ahora que mis hijos ya son grandes y viven en sus casas. A veces, monto algún pasito pequeñito. Tampoco canto los villancicos, solo algunas veces pongo los casetes. A mí las Navidades que me gustaban eran las de cuando era chiquita y nos alumbrábamos con canfineras, y las noches se adornaban solas con las estrellas", cuenta y es como si cantara una nueva canción de las de antes.


    De cerca

    Brunhilda de Portilla nació en La Cruz, y durante su infancia vivió en Liberia, Filadelfia y las Juntas de Abangares.

    Se graduó en 1947 de la Escuela Normal.

    Luego se matriculó en la Universidad de Costa Rica y formó parte del primer elenco del Teatro Universitario.

    Ha escrito más de 40 villancicos, muchísimos cuentos y poemas, y los himnos de varias escuelas y colegios.

    Algunos de sus villancicos más populares son Mi niño campesino, Din don din don, Los pastorcillos, Vamos al rezo del Niño, y Aleluya al Niño Dios de mi tierra.

    Está casada desde hace 49 años con Roberto Portilla Ibarra.

    Tiene tres hijos –Lilliana, David y Laura– y 12 nietos.




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