Por su música y por sus gestos, Fito Páez ocupó el viernes pasado toda la atención del Melico Salazar. Hizo gala de sus dotes de pianista. (Foto: José Díaz/La Nación).
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¡Euforia!
De cabo a rabo el teatro lo acompañó de pie. Fito Páez hizo un conciertazo
Ana María Parra A.
aparra@nacion.com
Costa Rica imaginaba que en su segundo concierto aquí iba a ser como tenderse al sol... a su Rey Sol. Sin embargo, el encuentro del viernes pasado con Fito Páez estuvo lleno de otra luz: la de las mejores facetas de este argentino.
Adultos, jóvenes y hasta niños más de uno montado en los hombros de su papá casi llenaron el teatro Melico Salazar. "¡Oé, oé, oé, oé, oé. Fito, Fito!", gritaba el teatro como si se tratara de una hinchada... la barra frenética de Páez.
Antes cantó el tico Balerom. Llenó el escenario como si lo de él fuera un pequeño concierto aparte. Temas de El filo helado del fondo como Salir es ganar, Chismólogos y Para ser feliz fueron parte de su atinada presentación. También interpretó un tema nuevo de Evolución, Amor con transparencia y un clásico de su banda, Voy por ella. La gente lo aplaudió con un afecto que no siempre le entrega el público tico a sus "teloneros."
"Recuerdo que fue en este teatro donde se hizo el primer Rock Fest. Aquí está la cuna del rock", dijo Balerom. Sus palabras fueron una profecía.
¡Arriba!
A las 8:45 p. m. el teatro volvió a gritar, pero esta vez para recibir al argentino que salió con toda su fuerza, y su tan amado look: traje de vestir, camiseta, zapatos tenis blancos y sus gafas oscuras. ¡Ah, las gafitas de Fito! El Melico estaba de pie.
¡Ey! que te pasa, es con vos. No es la tecno ni el rock, es tu parte que vos no conocés (...) sacate el diablo de tu corazón.
Después de muchos años de ver en ese escenario a los rockeros comerse un "chivo" sentaditos y de lo más formal, el Melico recuperó su versatilidad. El rock de Fito no se podía digerir con la baja espalda pegada a la silla. No hubo argumento suficiente en boca de los agentes de seguridad que hiciera sentarse al público.
Los más jóvenes saltaban en el pasillo de la luneta, y cantaban a todo pulmón con el flaco: sacate el diablo de tu corazón, sí, cortá la mufa de tu corazón, sí, vayamos juntos a patear el sol.
Fue aquel tema lo más notorio de Rey Sol, lo demás fue el Fito de ayer, que también es el de hoy. "Vamos a hacer canciones de muchos discos", dijo, y lo cumplió.
Seguidito de El diablo vino Abre con Al lado del camino, luego asomó su pasado más pasado, Giros (giros todo da vueltas como una gran pelota) y nuevamente Abre esta vez con Es solo una cuestión de actitud.
¡Te queremos, Fito!, ¡Grande, Fito!, ¡Gracias! le gritaba el público que no podía contenerse. Chicos que estaban en los pasillos se sonrían y a grito pelado se decían ¡es demasiado! con sus amigos que permanecían "atrapados" de pie en los asientos de la luneta.
Él mismo Fito no los dejaba sentarse.
Él de pie, o desde el teclado, pedía que se levantarán y haciendo palmas lograba que la gente lo imitara.
Se resfrió el resfrío
"La verdad es que estoy engripado. No sé qué me agarró, pero este va a ser un gran concierto", le prometió al público.
Ese resfrío se resfrió, porque al concierto no asistió, o al menos no se subió al escenario. Fito no paró de cantar, de tocar el doble teclado, de levantarse y caminar hasta los extremos del escenario. No paró de saltar, de sudar, y de sonreir cuando la gente cantaba con él, saltaba y le decían a todo pulmón que lo querían. La sonrisa de Fito era de oreja a oreja. Eso fue: conexión.
El resto del concierto fue pura Euforia, tanto por el sentimiento como por el álbum.
De ese disco el flaco cantó Cadáver exquisito, la hermosa 11 y 6 que la gente no paró de corear, El chico de la tapa, Tumbas de la Gloria, Rodar mi vida, Ciudad de pobres corazones, Dar es dar y dos que no podían faltar: Mariposa Tecknicolor y Circo Beat.
Fito pasó de lo acelerado del rock a lo más íntimo y emotivo. De repente bajaron las luces, un fulano colocó un micrófono en el centro del escenario y Fito se sentó frente a él. Cruzado de piernas, con las manos libres y moviéndolas cual marioneta, de su pecho salió: ¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón.
Otro Sol y Cerca de la revolución vinieron luego.
El flaco pasó del teclado a su guitarra amarilla. Estuvo sentado, tocando desenfadado y a sus anchas con las manos en el teclado y un pie en el amplificador, como el ejecutivo que se desentiende y distiende y sube las "patas" al escritorio.
Fito tuvo tiempo para todo en este concierto. Para repasar su historia discográfica, para cambiarse de camisa en tres ocasiones, para saltar, para desaparecer del escenario en un tema y dejar a su guitarrista cantando.
Tuvo tiempo también de agradecer el afecto. "Esto sucede en muchos lugares decía mientras señalaba al público pero les puedo asegurar que nunca como esta noche en San José."
Unos temas más y Fito y su banda de cuatro músicos se despidieron. "Oé, oé, oé, Fito, Fito". El flaco volvió para cerrar con tres temas. Él aplaudió al público recorriendo todo el borde del escenario, le tiró un beso al "gallinero" y llamó a sus músicos para otro final: una reverencia. Eran las 10:35 p. m. Los argentinos se fueron, y la gente se quedó ahí gritando el nombre de Fito y esperando, una canción más.
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