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- No lo sé -me dijo-. Pero puedo decirte que anoche te dormiste a las nueve y seis minutos.
Sus agujas se había detenido a las nueve y quince.
No tenía tiempo para explicaciones. Me levanté a toda prisa y fui hasta la cocina. El reloj daba las siete en punto. Regresé al cuarto y desde la puerta anuncié, casi con un reclamo:
- Ya son las siete.
- ¿Las siete? -me dijo él-. ¡Qué tarde!
Adelanté las agujas hasta la hora correcta, y después desperté a mis hermanos.
Ese día regresé a casa al final de la tarde. Cuando entré al cuarto, el reloj estaba detenido; apenas me vio se puso en movimiento, marcaba las ocho y veintitrés.
- Hola -me dijo, de los más campante-. ¿Cómo te fue?
Me dio rabia y en lugar de responder, le pregunté:
- ¿No sabes qué hora es?
- No, no lo sé - me dijo-. Pero viendo el cielo, calculo que son como las seis...
- Por si no lo sabes -le dije, un poco exasperado- la función de los relojes es dar la hora...
- Oh si, lo sé -me respondió él-. Esta mañana, después que te fuiste, seguí caminando durante casi una hora, pues pensé que volverías.
- Vaya, muchas gracias -le dije-. Pero es ahora cuando necesito saber qué hora es.
- ¿Ahora? -me prenguntó él-. ¿Y cómo lo voy a saber?
- Ese es tu problema -le dije, bastante molesto-. Para eso eres un reloj. Si nosotros supiéramos siempre la hora, no existirían ustedes.
- Pero eso no es ser un reloj -dijo él-, eso es ser un tonto. Yo camino cuando voy a serte útil. ¿Para qué seguir andando si tú no estás aquí?
Nunca había visto las cosas desde su punto de vista. Por un momento no supe qué decir.
- ¿Pero no te das cuenta -le dije por fin- que todos los relojes caminan cuando nadie los ve...?
Ahora era él quien parecía sorprendido.
- ¿En serio? -dijo muy despacio-. ¿Y para qué?
- Bueno -le respondí después de pensarlo un poco-, creo que es para que el Tiempo no los deje atrás.
- ¿Y para qué quieren ir junto a él? -preguntó mi reloj, que con estas conversaciones ya empezaba a ser mi amigo.
- Pues si tú no lo sabes, menos lo sé yo. Lo único que sé es que el Tiempo va corriendo y los relojes van tras él. Así ha sido desde siempre.
- ¿Ir corriendo tras el Tiempo, sin nada más que hacer? -preguntó mi reloj, y parecía, de verdad, muy decepcionado.
En ese momento pensé que, antes de traerlo al mundo, a mi amigo nadie le explicado en qué consistía ser un reloj.
- ¿Y hacia dónde se dirige él? -volvió a preguntar.
- ¿El Tiempo? ¡Y yo como voy a saber! Algunos dicen que va para delante.
- ¿Adelante? -insistió él-. ¿Y qué hay allí?
- No sé -volví a admitir mi ignorancia-. Creo que adelante hay más Tiempo. Mucho tiempo. Toda la eternidad.
- Pero entonces ¿para qué correr? -me preguntó el reloj, que parecía ahora francamente desconsolado.
Esta vez, definitivamente no supe qué decirle.
- ¡No! -retomó él, luego de una pausa-: Es tonto correr tras algo que siempre se aleja y que nunca puedes alcanzar. Si el tiempo tiene prisa, ¡allá él!
- Sé razonable -le dije-. Eres un reloj.
Al parecer, para él eso no era ningún consuelo, ni tampoco una explicación.
- ¡Imagínate! -exclamó-. No podría conversar contigo, ni tampoco mirar por la ventana. Porque -¿sabes?- desde aquí la vista es estupenda: ¿has visto las montañas?
Miré por la ventana. Ahora anochecía, los celajes encendían el cielo. De verdad era espléndido.
Por un segundo me puse en su lugar. Imaginé que yo también debía correr tras alguien que llevaba, al parecer, bastante prisa, pues nunca se detenía a descansar. Era como una larga maratón que no llevaba a ninguna parte. No podía jugar, no podía ir de paseo, no podía ir al parque a elevar un papalote. Tampoco podía ir a la piscina, ni comer un helado. Siempre corriendo. La verdad, no era un panorama muy bueno.
- ¿Sabes? -le dije-. creo que te entiendo.
Mi amigo se alegró pues comprendió que yo lo aceptaba como era: un extraño, pero también maravilloso reloj, que no tenía prisa y al que no le gustaba correr tas el Tiempo. "No será el reloj más puntual, me dije, pero apuesto a que como él no hay muchos en la Tierra".
A partir de esa noche nos pusimos de acuerdo.
Desde entonces él me dice cuándo debo estudiar, la hora de acostarme y dos o tres pequeñas cosas más. El resto del día inventa juegos para los demás relojes, mira por la ventana o simplemente sueña.
Por mi parte, desde que él está en el cuarto aprendí que no es a la seis, sino al final de la tarde, cuando empieza a anocher.
Este cuento fue extraído con autorización de su autor y sus editores de la antología Había una Vez ... un montón de veces. La Nación - Farben Grupo Editorial Norma. 1994.
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